¿Pasta o Pollo?

Cuando el vuelo está lleno, hay 247 pasajeros a bordo. Doscientas cuarenta y siete veces que pregunto lo mismo.  Los pasajeros responden casi sin pensar, como si les molestara perder tiempo en procesar algo tan banal.

En mi caso, sin embargo, barajar las cartas y echar a la suerte decisiones intrascendentes fueron las que marcaron en gran parte  mi destino.

Hoy, en este jueves de amigos y copas, camino  con Darío hacia la confitería donde tengo que decidir si comprar lemon pie o bavaroise de chocolate. Mis amigos saben que soy yo quien lleva siempre el postre. Es algo implícito que ni siquiera preguntamos, como lo es que Darío está conmigo y me acompaña.  Darío no piensa en esas cosas, nunca se va a preguntar detenidamente si comer pasta o pollo, o si elegir ventanilla o pasillo. Ni siquiera  se daría cuenta si una noche comiera torta de mandarina en vez de torta de limón.  No se cuestiona decisiones intrascendentes ni aspiraciones olvidadas en el banco de una plaza. Le da lo mismo el té o el café, el lemon pie o la torta de chocolate.  Cuando le pregunto qué prefiere, me exaspera  la misma respuesta de siempre “cualquier cosa” me dice, y hace una mueca displicente, como si no quisiera cargar con la responsabilidad de la decisión. No debiera ser así, todo sería tan distinto si al menos un día me pidiera que comprase una torta de frutilla, o de arándanos. O analizara conmigo ciertas imposiciones rutinarias cuando me siento en el balcón.

Por ejemplo, muchas  veces  me pregunto para qué me sirvieron la Neurofisiología, la teoría del yo o estudiar a Rorschach,  si las palabras pasta o pollo podría perfectamente pronunciarlas sin haber dedicado años de mi vida a entender a Freud y  a Lacón. Pero esa fue otra de las decisiones  intrascendentes que marcaron mi vida. Me postulé  para azafata de una compañía que ya no existe, y pensé ¿por qué no, mientras termino la tesis? Cumplía con todos los requisitos -sabía varios idiomas, la altura y el físico eran de las medidas pedidas y mis formas y modales siempre me ayudaron en estas cuestiones-.  La cuestión es que nunca me recibí de psicóloga.

Me pasó lo mismo con Darío cuando lo conocí.  Se ofreció a acompañarme después de un cóctel  y pensé ¿por qué no?  Hoy me pregunto para qué sirvieron tantos años de andar contra un viento que me curva hacia delante, que me quita las fuerzas.  Cuál fue el sentido de  armar una realidad que nunca existió y creerla verosímil, como una de esas ciudades invisibles,  de las que el emperador  Kan y Marco Polo  inventaron en sus conversaciones.[1]  Solo que ellos jugaban a vivir una vida que no vivieron, nosotros nos jugamos  el bienestar, la plenitud, los días  que se nos van desperdiciados por algo que no nos sirve.

Darío lleva la cajita de la torta en la mano,  indiferente a lo que pudiera haber dentro. Siempre fue indiferente a lo que pudiera haber dentro. Siempre huyó de las charlas en la terraza, de la intimidad en un colchón,  de la compañía en un sillón con una copa de vino. Lo suyo fue morirse antes de hacer una caricia, partirse en dos si asomara a confesar un pensamiento. Al principio fue como un desafío llegar al centro de sus pensamientos, al mar que lo contiene, meterme en sus células, conocerlo en cuerpo y alma. Cuando supe que eso nunca pasaría, que me quedaría vagando como una inyección intradérmica, ya era un poco tarde. Darío había construido una muralla inquebrantable ante algo que por lo menos yo no podría permear.  Últimamente, ante mi cansancio, mi falta de cordialidad y atención,  está más inquebrantable que nunca.  Prefiere cerrarse a indagar.   El miedo a una respuesta que sabe que va a llegar lo hace indiferente. Impalpable, impertérrito.  Lo que él sufre es ansiedad patológica, y eso  lo exterioriza con esta conducta evitativa. Evita los lugares comunes de la casa, las cenas en la cocina, la intimidad de los silencios.  Siempre tuvo rasgos de carácter ansioso y fóbico. Se mueve con la cautela de quien no sabe qué decir ni cómo actuar.

Por eso me cuestan tantos estos jueves de vez en cuando. Porque cuando se abre la puerta de la casa de Inés me encuentro con el espejo de quien nunca seré. Con aquella mujer de sandalias de cuero curtido, suela gastada, túnicas hindúes y largas noches de conversaciones sin sentido. Pero eso no es lo que miro en el espejo que me hace tanto daño. Son otras las cosas que el espejo refleja.

Ernesto comienza sus parafernalias filosóficas sobre  la teoría de Heidegger acerca del ser y del tiempo, y encima Julio trata de unirla con el sentido de la metafísica y de la diferencia ontológica. Los demás sabemos que parar esas charlas es como querer tirar una piedra al aire y pretender que no caiga. Por eso nos vamos al jardín,  Inés termina sacando el ukelele y armando unos acordes que piden letra. Pedro se cruza de piernas para apoyar el bongoes entre ellas. Un bongoes que de tan pequeño entra en la mochila.  Entrecierra los ojos, agudiza el oído y comienza a seguir las notas musicales de la pequeña guitarra que Inés hace cantar con sus dedos.  Y lo miro. Y pienso en las decisiones  trascendentales.  Hoy estamos tan lejos de aquel punto de intersección.

Observo a Darío dentro, siempre hace lo mismo, se queda en una punta de la mesa escuchando una charla que no entiende, intentando pertenecer en un espacio donde la especie es otra y lo margina, pero no somos nosotros quienes lo marginamos  sino la naturaleza misma. La naturaleza es sabia, y sabe unir  las especies. Eso se nota cada encuentro con el correr de las horas.

Los hombres charlan de la corriente de pensamiento del naturalismo de Zola, ya para ese entonces con la tercera copa de caña en la mano y Darío dormido en el sillón.  Pedro y yo nos sentamos en el piso de la galería con almohadones e inventamos canciones mientras Inés nos acompaña, abstraída de nosotros, con unas notas exactas para una noche perfecta.

Pedro me dice “¿te traigo una copa de vino, reina?”  Y esa palabra, tan solo esa palabra me remonta a aquel día en que decidí irme con Darío  de la fiesta. Una decisión que creí intrascendente como la de enviar mi curriculum a la compañía aérea. Siempre me dijo reina. Creo que si lo escuchara decirle esa palabra a otra mujer delante mío lo abofetearía en ese mismo instante. Esa palabra me llena por dentro, me explota. Lo dice de manera natural, sin siquiera sospechar lo que me provoca. Me quedo en suspenso entre medio de dos versos  de Benedetti, de una espera al  piano de  Brian Crain o un estribillo de Sabina. Pedro vuelve a los pocos minutos  aun siendo retenido por Abel que lo quiere incorporar a la charla porque sabe que él es devoto del realismo y lo necesita para ganarle a los que defienden a Zola. Pero Pedro hace un comentario a la ligera para no parecer desinteresado, mientras sirve las copas y se aleja, sin posibilidad de una refutación. Yo lo observo, porque la noche nos llevó a un punto en el cual las apariencias no le importan a nadie. Vuelve y se sienta a mi lado. Más cerca. Me ofrece un brindis, me observa por encima del borde de la copa, y se recuesta. No me invita, y  agradezco el gesto con un suspiro de alivio que disimulo con esmero. Miro de reojo a Darío.  Duerme como un niño.  Siento bronca, bronca porque él lo sabe y no hace nada para retenerme. Bronca porque prefiere la mediocridad de dormir en un sofá antes que luchar por mí, que decirme reina y traerme una copa de vino.

No sé cuánto fue el tiempo que pasamos escuchando las cuerdas que tocaba Inés. Pero llego un momento que cerramos los ojos y nos entregamos a la humedad de la noche, al frescor  del rocío, a los sonidos extraños de la enredadera que cubre la medianera de punta a punta. De repente,   los débiles rayos de luz me hacen tomar conciencia de donde me encuentro. Imagino que hemos levitado entre las horas que seguían corriendo mientras nosotros  hemos quedado ausentes de toda charla, discusión, acorde, estímulo. Alguien me tapó con una manta en mitad de la madrugada. Me incorporo en un ángulo que me permita ver a Darío.  Sigue durmiendo el sofá. Solo.

Volvemos a casa en silencio. Me doy una ducha porque me toca volar. Ninguno de los dos habla de lo que hay que hablar. No me pregunta y no respondo. No me acusa y no me defiendo. Hoy me toca un servicio a Madrid.  En el trayecto al aeropuerto,   los árboles en mi ventana se tiñen entre el color siena de la piel de Pedro y el verde de sus ojos, la palidez de sus labios y la tímida sonrisa de siempre. Sí, es tímida su sonrisa,  porque pareciera que no me sonríe sin pedirme permiso hasta que estalla en carcajadas segundos después,  cuando recibe mi complicidad.  Llego al aeropuerto, me encuentro con mis compañeros de vuelo.  A pesar de todo lo que dejé atrás, siento que esta decisión valió la pena. No puedo dejar de tararear en mi cabeza la canción que inventamos la noche anterior. No es tan malo mi trabajo, me gusta lo que hago. Carlos me pregunta si estoy bien, si descansé lo suficiente, agrega que me nota abstraída, sonrío, como si Carlos fuera el pasajero más agraciado, y le digo que nunca me sentí mejor.

Chequeamos puertas, compartimientos de equipaje, recibimos autorizaciones de vuelo y pronto el ruido de las turbinas me produce un estado de hipnosis. Cierro los ojos y me aventuro dentro de mí misma, se me tapan los oídos,  me acostumbro a la altura y a los pocos minutos comienza nuestro trabajo en vuelo. Repartimos papeles de migración, caramelos, auriculares, llegamos hasta donde los asientos suenan con el llamado a la azafata, que un asiento no se reclina, que una ventana no abre, que si sería posible un vaso de agua para tomar una analgésico. Cerramos las cortinas de la cocina y preparamos las bandejas de comida, comenzamos a servir y otra vez doscientas cuarenta y siete veces voy a preguntar lo mismo. Hubiera preferido que me toquen las bebidas, pero Carlos hoy me asigno las bandejas. Comienza la maratón de decisiones intrascendentes.

Cuando pregunto por enésima vez pasta o pollo, un señor de mediana edad me responde “cualquier cosa”. Yo lo miro pasmada en su respuesta. El señor, sorprendido, espera una reacción mía que no llega, se debe estar preguntando qué me pasa, si me respondió lo correcto. Yo continúo mirándolo y no puedo creer que me responda de ese modo. Me parece una falta de respeto a la vida misma, al poder que tenemos cada uno de nosotros sobre nuestro futuro. Y antes de servirle, en la vorágine que me corresponde por el sistemático y mecánico engranaje de servir la comida a doscientos cuarenta y siete pasajeros le doy un consejo: ¿por qué no lo piensa bien?  No tome decisiones tan a la ligera.

[1]  Del libro de Ítalo Calvino, Ciudades Invisibles.


María Mozzone, Narradora Creativa, Coach. Licenciada en turismo de profesión y escritora de oficio. Incansable buscadora de historias. Redacción y Gramática en la UBA. Posgrado Internacional en Creatividad Humana y escritura  (FLACSO). Coordinadora de los Talleres de Escritura Creativa de La Boutique del Libro, Tigre, Bs As.

Cuento ganador del segundo lugar en el II Concurso Internacional de Escritura Creativa de Skribalia (Cuento), fallado en Enero de 2018.

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