“Una pluma de ave en la cornisa”, un cuento de Penélope Córdova

Penélope Córdova

El supervisor de la estación ferroviaria tenía una peculiar afición por las palomas, que siempre le dejaban el uniforme lleno de mierda. Su cortejo de animalitos constataba, con un montón de plumas cafés, grises y negras, el dominio que sobre él ejercía. Hasta que un día, por entretener a los plumíferos, hizo el ridículo y perdió la oportunidad de ascender de puesto y nos echó a nosotros la culpa por no defenderlo ante el inspector de sección. Qué podíamos hacer, las aves lo necesitaban más que el sistema nacional de trenes; el egoísmo es un lujo que no debemos permitirnos cuando el amor escasea. Luego el supervisor adquirió una infección producida por las heces de paloma y murió. Las aves se comportaron como viudas enloquecidas durante unas semanas, se sacaban los ojos unas a otras y la mitad de ellas murió de pena o de hambre, ninguna quiso abandonar la estación. Las sobrevivientes se dedicaron a seguirme por todos lados y a partir de entonces no me permitieron un minuto de tranquilidad. Por esos días conocí a Maruja. Yo iba de regreso al departamento en donde vivía, y decir departamento es mucho, en verdad era un estudio en el que resguardaba columnas y columnas de libros que mi padre había querido desechar tiempo atrás, pero a mí me pareció un agravio a la memoria de los grandes maestros, así que decidí conservarlos íntegros, aunque a veces amenazaran con aplastar mi delicado cráneo en alguna noche de dulces ensoñaciones. Entonces ese día en el tren rumbo a mi cuarto del quinto piso, conocí a Maruja y con ella me fui. Hay palabras dentro de cada hombre que están destinadas a una sola persona en todo el mundo. Yo dejé a Maruja cuando las palabras para ella se me agotaron, cuando, por más que me busqué en la lengua, no encontré nada. Hoy pienso que lo saludable es dejar al menos una de esas palabras dentro de la boca y masticarla durante mucho tiempo, todo el tiempo posible, alimentarse de ella. Los desenlaces me provocan tantas náuseas como las heces de paloma, así que después de lo de Maruja busqué otro empleo y me propuse no volver a enamorarme. Pero el gañido de las aves me acompañaba a donde quiera que fuese, aun cuando estaba en la taberna del Tigre de Oro me perforaba los oídos, y cuando salía y caminaba por la calle, ahí estaba la nube de plumíferos, planeando por encima de mi cabeza o apostados en las cornisas, en los cables de luz, sin perderme de vista.

Estuve unas cuantas semanas encerrado en compañía de mis apolillados clásicos y después de una noche febril en la que Montaigne me prohibió el encierro si no era con fines estrictamente filosóficos y me aconsejó retornar al mundo, no dejarme amedrentar por unos pájaros estúpidos, decidí dar la cara y hacerme cargo de las viudas emplumadas que se amontonaban en torno a mi ventana. Por eso yo también enfermé, así es como llegué al hospital. Ellas fueron mi único consuelo, las alimenté todos los días con migas de pan y maíz que la enfermera me hacía el favor de hurtar del comedor de empleados.

Ahora que bajo surcando el viento en una ráfaga de ocaso, miro las corcholatas con el emblema de la cerveza Pilsner incrustadas en el pavimento y evoco las tardes en el Tigre de Oro, o sea casi todas las tardes desde hace más años de los que puedo contar, y mientras más caigo, más me figuro los ojos, como estrellas o corcholatas también, de Maruja, que me besó en el pasillo oscuro del tren, y a cuyo suave y húmedo cuerpo me pegué aunque no reconocí ni su voz ni nada, incluso recuerdo haber pensado que ella se había confundido, y yo creí que era una rotunda falta de cortesía decepcionarla diciéndole que tal vez no eran mis labios los que buscaba en realidad, aunque eran mis labios a los que se entregaba con todo el candor de su madurez, pero cuando la electricidad regresó y la miré y ella me miró no había sorpresa en sus ojos, más bien triunfo e impertinencia, de lo cual deduje que, al igual que las palomas, me había estado acechando, y cuando salimos del tren yo me fui con ella y pensé que la gente no debería vivir nunca en un piso número cinco, porque ella vivía en ese piso, justo como yo y como la habitación de este hospital, en donde los plumíferos se posan todo el día y roban la escasa calma que les resta a los otros convalecientes; ahora abro la mano y las migas de pan se me escapan y al contrario de mí, se van hacia arriba, y vuelvo a ver las corcholatas y los ojos y recuerdo que no era por esto que me asomé a la ventana.


Penélope Córdova fue una de las participantes del Encuentro de Escritores Cuento en Comala 2016.

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