Un Lugar Cerca del Mundo por David Ledesma Feregrino

Por David Ledesma Feregrino

―Era bastante como el tuyo, allá la gente tampoco sabía enfrentar la soledad ―Sasha miraba siempre las estrellas, aunque no supiera ubicar con precisión el hueco negro donde estaba sepultada su casita.

»Si me permites la ignición, esta tierra no volverá a hacerte más daño.

Al aire no lo perturbó más que el silencio.

Cuando Sasha llegó al mundo de Alejandro, el Universo aún estaba en expansión. Se encontraron al pie de una montaña, cuando Alejandro se internaba para olvidarse de su mente. Sasha apareció frente a él como una revelación. Estaba en medio del camino, con su nave destruida y la esperanza puesta en ese llano. Alejandro pensó por un momento en asustarse, pero la indiferencia por su cuerpo se había vuelto tal que se le habían apagado casi todos los mecanismos de supervivencia.

Sabe el cosmos lo mucho que Alejandro había intentado. Se aferró con cada diente al sueño de la existencia funcional. Lo intentó cantando, alimentando los vacíos y rezándole al sol. El mundo no dejaba nunca de ser mundo, no dejaba nunca de doler. Los pasos eran de cristal bajo las uñas y el aire, en vez de rozarle las mejillas, le atravesaba las manos por los huecos de los clavos. Anduvo con el metal en los tobillos, a pesar de todos y a pesar de sí mismo. Se refugió en el Buda, en las letras y en la comunidad. Hasta que la sombra del desorden terminó por rebasarle. Hasta que el cansancio le ganó y decidió ser de la muerte.

La llegada de Sasha cambió todo. Con sus promesas de fuego original y su cabello dorado de mazorca. Ahora sólo había una idea más aterradora que la de perderse en ese lago y era la de regresar a la derrota de la isla de Aldous Huxley.

Sasha creció como pirata del Universo y no sentía miedo alguno al moverse de una galaxia a otro conjunto de promesas. Su esperanza de vida, tres veces tortuga de los Galápagos, le daba suficiente perspectiva. Tardó veintiocho años en llegar a la Tierra, desde Aqueronte de Andrómeda. Según sus estudios de otros diez, la probabilidad de que allí existiera vida era de cero punto ocho.

Su mundo había acabado en el derrumbe, como lo haría pronto el de Alejandro. Como, bien mirado, lo haría también el Universo. Aquí y allá la vida moría por destruirse. Las pulsiones de sangre se mezclaban con brillo y acababan todos derramando la existencia, lo mismo en Marte que en la Tierra. Quizás ellos, en el fondo, también vivían para el derrumbe y su encuentro no era más que una forma de aplazarlo.

Las dos crecieron en  las faldas de una estrella. Sasha se lo había explicado antes, de haber estado más lejos o más cerca no les habría tocado vida. Era igual que en el amor, la distancia mata de vacío. Pero acercarse demasiado los habría llevado a la explosión. Tanto la Tierra como Aqueronte supieron mantenerse en el espacio, sin asfixiarse.

―Ni siquiera el amor puede aniquilar la soledad. Hay que saber entenderla, cultivarla.

La Tierra se sabía tan sola como Aqueronte. Pero no se trataba de la soledad adolescente, sino de la orfandad madura de Teresa Mendoza. Sabían quererse a sí mismas sin alarde y querer también a su estrella cuando llegaba el tiempo. Tenían estaciones que dejaban a las plantas de sus pechos crecer y hacerse mierda, despacio y a su ritmo. Visitar al Sol en un cachito, disfrutarlo plena en el siguiente, alejarse despacio y hacerse de un periodo de vaho y niebla para regresar al refugio de su centro. Una sola falla en esta progresión de rituales y no hubieran nacido ni las cucarachas en el planeta. Por eso la propuesta de Sasha era tan peligrosa; habría que pulir el algoritmo de las aproximaciones.

―Ni siquiera las estrellas viven para siempre ―mucho menos él, con sus setenta años de esperanza. Tampoco Sasha, aunque su especie llegara a veces a los quinientos.

En Aqueronte el Universo no estaba dividido. Ser hombre y ser mujer no eran dos polos opuestísimos de una línea vertical. Cualquiera podía copular con quien quisiera y la penetración se daba como en los caracoles de la Tierra. Todos tenían un aguijón y tenían también un receptáculo. Sasha no era hombre ni mujer y, de haber querido un hijo, podría haber aportado semilla o cavidad.

Esa noche Alejandro esperaba tirado sobre el llano. El viento deslavaba con paciencia sus motivos para salir corriendo de cada lugar que había pisado.

―La Tierra estará muerta ―recordaba sus palabras.

―Sólo en tu cabeza ―había dicho Sasha―. Sólo en tu cabeza.

Sus manos vacías, sus manos sin él, empezaban a sudar el miedo de no volver a apretujar sus hombros. Desearía no tener que despedirse de su casa, no tener que incendiarla con delirios y sentirla tan propia como todas las bestias que a su alrededor la exprimían. Desearía no depender de un hombre, de una mujer, de lo que fuera, para librarse del fastidio de estar vivo. Pero así era él, como un perro que te espera en el marco de la puerta. O sentado junto a la plataforma de despegue, que es lo mismo.

Sasha descendió por segunda vez en el cohete azul plateado con el que había jurado volver. Llevaba un cilindro con combustible suficiente para hacer explotar todo el lugar.

O para escapar de él.

―¿Estás seguro? ―preguntó. Alejandro le posaba lento la mano sobre el torso.

Ahí estaba su pase de salida de la cárcel, la tecla de reset.

―Como de nada en la vida.

Nada volvería a acelerar su descenso hacia el abismo.

―La Tierra estará muerta ―repitió.

―Sólo en tu cabeza.

Sasha y Alejandro tomarían ese cohete y ningún registro volvería a pedirles nunca sacrificar el cuerpo por la guerra. Se postraron en calma en esa nave, como en un ritual de despedida. Se fueron abrazados, decididos a darle a la vida una nueva oportunidad en otra luna. Los ojos, los de todos, sabían que era ésa la noche en que trascenderían hacia el desorden. Cerraron las compuertas y el fuego se perdió en el lago oscuro.


David Ledesma Feregrino (1990) estudió Química en la UNAM. Cursó el Diplomado en Creación Literaria del Centro Xavier Villaurrutia del INBA. Fue beneficiario de la beca de la XIV Promoción de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores (Córdoba, España). Es colaborador frecuente de la revista La Hoja de Arena y forma parte del Taller de escritura creativa en ciencia y portal Cienciorama.

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