Testimonio sobre clase con Alberto Chimal 2

“Tendrá su carga de subjetividad un testimonial en el que me haya sido indicado relatar mi experiencia como alumno en el taller de narrativa de Alberto Chimal. Lo tendrá no sólo porque me gusta pensar en él no sólo como mi maestro sino como un amigo al que, si bien no frecuento tanto como me gustaría, tengo presente aunque sea en las redes.

Comencé a asistir al taller de Alberto Chimal a los quince años. Lo único que sabía de él era lo anotado en el anuncio de la revista que mi padre me mostró. Fue mi primer acercamiento formal con la creación literaria y con sesiones a manera de taller donde se leían y comentaban textos. La primera y muy noble virtud de Alberto en mi caso fue no echarme del mismo. Es lógico pensar que un taller deberá pedir de sus alumnos un mínimo de práctica para que la dinámica se suceda relativamente bien. Yo llegué a ese taller sin haber escrito más que un puñado de cuentos brevísimos –harto efectistas y maniqueos- cuya única lectura, además de la mía, había sido la de mis padres. Claro que es una apuesta arriesgada dejar que un novato tan limitado permanezca en el equipo, porque puede estropear el ritmo que los más avanzados disfrutan en el taller, pero Alberto decidió mantenerme y someterme al mismo ejercicio que todos los demás. Alzar la mano, ser anotado en la libreta para leer la sesión siguiente, traer copias para todos, leer el cuento en voz alta y después recibir una ráfaga de preguntas, dudas, anécdotas y demás intervenciones que, de algún modo, fuesen útiles para apretar las tuercas a la historia. El mismo trato y la misma fila hacíamos los nuevos y los viejos, los que estudiaban letras y los que todavía no decidíamos qué estudiar.

Confieso que disfrutaba mucho más, creo que todos, las sesiones donde leía mis textos. Dentro de ellas, lo mejor venía cuando se terminaban las intervenciones del resto de los alumnos y Alberto, finalmente, aparecía. No sobra decir que tiene la capacidad para encauzar críticas cuya forma parece directa y mordaz o rescatar comentarios que parecían no tener sentido. Además de una serie de anotaciones sobre detalles poco claros o susceptibles de explotar de mejor manera, los comentarios que Alberto hacía sobre mis historias revelaban no sólo ideas que ni siquiera yo había descubierto o me había propuesto concienzudamente sobre las mismas, sino un par de ojos capaces de renovarse a cada hoja, de dejarse sorprender por un texto aun después de haber leído y comentado otros tantos de calidad perfectible.

En las palabras de Alberto, no sólo hacia mi trabajo, asomaba un espíritu de guía que no es tan frecuente como se piensa en quienes imparten talleres. Sus comentarios, a la vez serios y honestos, no buscaban demostrarnos cuánto sabía el propio Alberto sobre la arquitectura de una historia, o cuán mal estábamos imitando la solemnidad de Borges o la imaginación de Tolkien. Por unos momentos, parecía que sólo tuviese cabeza para la historia, ni siquiera para el autor de la misma. Se volcaba sobre ella y lo único que sacaba a la superficie eran puntos muy precisos con los cuales la historia podría crecer, dar un vuelco afortunado o desbaratarse en algo más simple pero mucho más contundente.”

José Antonio Sánchez Cetina Ganador del Premio Michoacán de Literatura, en la categoría de Humor Negro, por el libro Mausoleo (2013), el Premio Gran Angular 2014 por La primavera del Mars (2014) y el Premio FeNal-Norma de novela juvenil por Pastas de la cripta (2016)

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