Sobre “La tía” de Lauri García Dueñas

Por Alberto Báez Munguía

La primera vez que leí “La tía” de Lauri –y aquí, debo confesar que Lauri me envió el PDF del libro hace meses, pero en ese momento sólo lo abrí y “hojeé”, no lo leí completo, porque todavía tengo un enamoramiento por la lectura en papel, así que leí el libro hasta que lo tuve físicamente–. Cuando lo terminé me tuve que fumar un cigarro, porque se me arraigó un temblor, todo en mí temblaba, hasta las ideas.

La TíaEl temblor era por dos razones. La primera, porque éste es el efecto que la escritura de Lauri me provoca. Recuerdo que en el 2014, cuando Lauri era mi maestra –bueno, lo sigue siendo–, nos invitó a una lectura en voz alta en la Casa del Poeta, ahí fue la primera vez que la leí aunque con los oídos. Quedé tembloroso. La sigo leyendo en mi voz pero con la resonancia de su lectura en mi cabeza, y el efecto siempre se presenta puntual.

La segunda razón de mi convulsión generalizada es que inmediatamente pensé en que tenía que escribir este texto, que ahora leo, para esta presentación.

Mientras consumía mi cigarro, veía estos versos de Lauri, y cito:

vine para matarme en cada letra

muslos de sangre

espera.

Lo único que me quedó claro es que este texto tenía que comenzar así, porque Lauri me enseñó a no temer a dar vida, por eso cada vez que la leo, tiembla.

En enero, Lauri me escribió para pedirme una fotografía prestada de una tía que aparecería en un poemario suyo. Me pidió una tía guapa y antigua. Le contesté, para preguntarle, si buscaba algo más específico. Lauri me dijo: Ando buscando fotos de tías, de ser posibles solteras, esas mujeres que son pilares en la familia, pero pilares liminares. En ese momento tuve que ir con mi tía María Moliner para preguntarle: ¿qué es liminar? Me respondió: Relativo al umbral, a la entrada.

Pensé, entonces, en dos fotografías, aunque no fueron mis tías, estoy seguro que sí lo fueron de alguien más. También, recordé una tercera imagen que desconocía pero estaba enterado de su existencia, donde la mujer que ahí aparece sí fue/es mi tía bisabuela. Entonces, me zambullí en el álbum familiar para buscar las fotografías.

Cuando entro en esos espacios llenos de papeles impresos con luz algo se me corroe, y eso que soy fotógrafo, pero siempre regreso a ellos. Creo que los álbumes familiares son colecciones de caras que no se reconocen, de fisiologías estáticas y expresiones sin materia. Las fotografías de los álbumes son más cercanas a las máscaras mortuorias que a los recuerdos y totalmente extranjeras de las personas.

Encontré las tres fotos que tenía en mente y se las envié a Lauri. Las tres están en el libro. Y curiosamente no conocí en persona a ninguna de las tres mujeres, a una nunca la había visto, ni siquiera en foto, como ya había mencionado. Sin embargo, sé que una parte de mi umbral radica en ellas, aunque sólo las reconozco y existen por la palabra y la fotografía.

Me voy en orden.

La fotografía que aparece en la primera parte del libro que se llama “La tía” es ésa que no conocía. Es la Tía Lupe, así me la han nombrado. Ella fue soltera, de hecho donde vivió le decían la Señorita Munguía. Cuando vi la fotografía por primera vez, me sorprendió la rigidez de su rostro, pero de alguna forma era algo que imaginaba desde la historia que me habían contado. Su historia es de plata y cristalina, casi heroica. Pero cuando abrí el libro de Lauri los dos primeros versos que le siguen a esta fotografía me la rompieron, le dieron profundidad a esa imagen plana; me opacaron aquella historia límpida; Lauri me creó materia. Esos versos dicen:

Me sequé el vientre dos veces

el olor de mi sexo es fuerte.

Un poco más abajo en este poema, Lauri dice:

colecciono los fósiles de mis antepasados

y visto mis santos para salir a pasear.

El sexo y el paseo junto con los fósiles, me devolvieron la imagen de una mujer que fue carne, algo que la fotografía nunca me dejó ver.

Esta es una lectura muy personal, por la relación que tengo con las fotografías. Sin embargo, sí creo que una de las cualidades que más admiro de la escritura de Lauri es que otorga existencia a través de la palabra, crea materia con forma de palabra:

Él le mira las piernas

él la peina hace diez años

ella mete sus dedos en la nuca de él,

en su esqueleto, en sus vísceras,

agonizan, la proxémica artificial que los junta.

La segunda imagen es la fotografía de boda de mi abuela paterna. Esta parte del libro se llama “Furiosa de tu farsa”, esto lo digo como nota al calce, porque parece que Lauri decidió con precisión absoluta dónde iría cada fotografía.

No contaré toda la historia que yo veo detrás de esta foto, la que sé, porque no es el fin de esta charla. Sólo diré que a ninguna de estás tres mujeres las he entendido como víctimas. Que es algo que tampoco se encuentra en el libro que estamos presentando. Las he entendido como mujeres y ahora este concepto de “mujer”, después de leer “La tía” de Lauri García Dueñas se me extiende y desplaza.

En el poema “Ofelia” la última estrofa dice:

“No te amé”, dijo

Tampoco el convento

Tal vez sólo un silencio discreto

que acepte que ese hombre no enloquece de amor.

Aquí me encontré con ella, con mi abuela, a quien tampoco conocí y sólo la veo a través de la lengua materna, porque, como dice Lauri, “la boca obtura”.

En fotografía, la obturación es el factor que mide el tiempo durante el cual la cámara permanece abierta para que la imagen latente se cree con la luz. Ésta es una imagen que existe pero que no se pude ver y si la luz la vuelve a tocar desaparecerá, aunque nunca haya sido vista. Así son las imágenes que tengo de estas tres mujeres que aparecen en el libro, y además sé que la escritura de Lauri funciona también así, como una imagen latente.

La última fotografía es mi abuela materna. La otra mujer que aparece a su lado, que a lo sumo es mayor por dos años, es su madrastra.

Esta última parte del libro se titula “Paréntesis”; y justo aquí hago un paréntesis para contradecirme. A mi abuela materna sí la conocí, aunque no la recuerdo porque murió antes de que yo cumpliera un año. Por otro lado, ella nunca me vio porque quedó ciega debido a la diabetes, y Lauri, en esta última parte dice:

La enfermedad es una señal del cuerpo

para volver a ser protagonista

sumido él

durante años

en la urgencia hostil del deseo insatisfecho.

Nunca había entendido a estas mujeres con tanta profundidad, no lo hago ahora totalmente. Pero sé que puedo desplazar el campo semántico que yo construí alrededor de estas figuras impolutas, hacía la carne, lo humano. El libro de Lauri se me presentó como un juego de máscaras ligeras y retráctiles, no pesada y quieta como la mortuoria del principio de este texto.

Abreviaré esta historia diciendo lo que mi abuela le decía a mi madre, que ella era mi cuna, porque acostada en su cama lo único que hacía era cargarme.

Me he tomado la licencia de describir esta lectura íntima que hice de “La tía”, porque al final, dentro de este linaje –entiéndase linaje como sinónimo de cuna–, acompañado del azar calculado, se conjugó que la autora, ahora mi amiga y maestra permanente también es una mujer liminar de mi vida –entiéndase: mi escritura.

Recuerdo que al inicio del segundo taller de escritura que tomé con Lauri me presenté así: Hola… bla bla bla, yo soy Alberto y en realidad soy fotógrafo. Lauri me volteó a ver y me dijo ofendida que entonces qué hacía ahí, si yo en realidad era fotógrafo. Ya no recuerdo que le contesté.

Tiempo después, Lauri me nombró colega, la verdad es que no creo serlo. Porque me falta camino. Además cómo se puede ser colega de alguien que se sabe así, y cito:

vine al mundo desnuda

y los desnudo a todos ustedes con la mirada

y las palabras exactas

sí, soy el demonio en la edad perdida,

que los demás sepan que no voy a detenerme.

Alberto Báez Munguía, DF, III-VI-MMXVI


Alberto Báez Munguía (Ciudad de México, 1984), es Licenciado en Diseño y Comunicación Visual (FAD-UNAM); en 2011 realizó la Maestría en Artes Visuales (FAD-UNAM) y cursó el Seminario de Fotografía Contemporánea 2008 del Centro de la Imagen.

Fue acreedor en dos ocasiones a la beca Jóvenes Creadores del FONCA (2010 y 2013); en 2012 participó en Descubrimientos PhotoEspaña del Festival Internacional Trasatlántica en Costa Rica.

Desde el 2015, ha comenzado a acercarse a la escritura haciendo un trío entre la fotografía, la literatura y él.

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