“Olas quietas” un cuento de Alfredo Peñuelas Rivas

Por Alfredo Peñuelas Rivas

    Otra vez el llanto que le dice que está sola, lo primero que le viene a la mente es la imagen de ese barco varado en mitad de la arena. Parece que navegan en el desierto, le dijo, pero ella ya no escuchó, trataba de calzar sus recuerdos con la imagen ante sus ojos, “Olas quietas”, eso fue lo primero que le vino a la mente, Olas solas como una, como ella en ese momento. ¿Lo sabrá Ernesto? No le gusta, sabe que no le gusta y se masturba tratando de experimentar una suerte de compañía, para sentirlo a él al lado en la cama. Tenemos que ser discretos, aquí la gente se escandaliza por cualquier cosa, y la besaba y le hacía el amor en silencio mientras ella ahogaba sus gemidos en el mar de arena. Atrás quedaron las noches cargadas de sexo y sus gritos que competían con las olas caribes. En el silencio ella se convierte en algo que no quiere ser, en este silencio lo otro, lo ajeno es lo que en realidad importa. Desde que llegó ha estado llenado el vacío. Se había acostumbrado a escuchar los ruidos: los pasos tras la pared, los rasguños, niños, muchos hombres, una mujer… ¿cuántos serían? Los oía hablar un idioma ajeno, la mujer regañando a los pequeños en el lenguaje universal de la maternidad, el hombre, el padre, el tendero y casero de ella haciendo algo parecido a un rezo, el lenguaje universal de la fe. La idea le pareció divertida entonces, son tan pocas cosas las que la hacen sonreír ahora, la risa dura poco ¿Dónde estará Ernesto? los chicos aprendiendo del padre, todos los días a la misma hora, rumores quietos como las dunas del otro lado de la pared, quieto como el barco encallado en mitad de la arena. Conocía las costumbres de los vecinos a fuerza de oírlos o casi… Ernesto le decía que era normal, que se tenían que acostumbrar, esa ahora era su realidad, la de ambos, “Realidad”, la palabra le duele, los ojos le duelen, ahoga un gemido que se pierde en el viento. ¿Se masturbarán las mujeres acá? Antes el silencio no resultaba tan terrible, desde que Ernesto se fue los ruidos detrás de la pared son su única compañía. Extraña los dedos de Ernesto, los labios de Ernesto, la lengua de Ernesto y toda su magia recorriéndole el cuerpo en medio del rumor de las olas móviles. Nunca había sentido la necesidad de masturbarse, incluso desde que él se fue. Todo cambió al llegar la caja.

    Las paredes son delgadas, eso le dijo o cree que le dijo el casero quien trató de darse a entender en su mal castellano. Por un momento consideró el hecho de ser extranjera como una bendición. “Tendré tiempo para pensar”, y sonreía con la idea de la imaginación, la paz y el exotismo, la diferencia tan socorrida en sus conversaciones los últimos días, diferente comida, diferente vestido, diferente paisaje, diferente idioma. “Todo se vuelve un rumor”, un dulce rumor que le recuerda que, en este preciso momento, las paredes hablan otra vez de su soledad. Él no está aquí, hace semanas que no se comunica, no sabe si quiera si está vivo o no. Se envuelve en la palestina que le trajo de su primer viaje a estas tierras. “Estoy sola”, lo piensa, lo sabe. Antes le gustaba el sentirse extraña, extranjera, ahora ya no lo disfruta, sabe que ambas palabras son la misma. Lo mejor es estar lejos donde nadie nos conozca, donde nadie sepa quiénes somos, dijo Ernesto. Corremos peligro, no lo olvides. Un beso y se marchó. Tenemos que empezar de cero, acá nadie nos busca. Fue todo. Hay que partir sin culpas y lo sabe, eso le queda: las últimas palabras dichas por Ernesto y el recuerdo de un mar tan distinto a éste que le ofrece un espectáculo irreal a través de la ventana, casi mortecino. Te va a impresionar el Mar de Aral, es como contemplar la nada. “Nada,” eso es precisamente lo que le gustaría estar escuchando en estos momentos en que las paredes han decidido que es hora de llorar. Nada, una nada real y absoluta como la soledad que la invade. Nada, como eso que sabe, que no sabe, no sabe nada de nada, ni de él, ni de su destino, ni del color verdadero del mar tan distinto a esa nada de arena que se cuela a través de la ventana y se pierde en un horizonte donde se percibe un barco encallado como un tótem a la nada. No quiere conocer la verdad, no quiere abrir la caja que le trajeron anoche, ya no le gustan las sorpresas.

    De pequeña nunca soñó con estar en Kazajistán, ni siquiera estaba enterada que tal lugar existiera. Sabía de otros lados pero de ese no. Nombres como Turáz, Turquía, Bagdad o Damasco le parecieron siempre notas musicales arrancadas de cuentos poblados por genios, ladrones y odaliscas. Sólo mencionar cualquiera de ellos la trasportaban a míticas rutas de sedas multicolores, beduinos y camellos. ¿Kazaqué dices que se llama, Ernesto? Hoy hay ruidos que la despiertan a todas horas. La primera vez fueron los gritos o al menos así le parecieron, un coro venido del infierno, un lamento acaso, el lenguaje universal del dolor, un llanto profundo y distinto a ese murmullo amable acompañado de miradas negras que le permitía pensar. Es el Salat, le dijo él. Acostúmbrate, que son cinco veces al día, a esta hora es el Azala. Aquel rumor monótono con dirección a la Meca no se parece a nada a este llanto que ahora rasga las paredes, Es distinto, algo ocurrió, lo sabe, hay cosas que no necesitan tener idioma, el dolor actual, el amor perdido a gritos a la orilla de unas olas caribes. Del otro lado hay un dolor distinto, un llanto que reclama justicia, que arroja sus gritos contra la pared para que quede claro que se está sufriendo, su dolor es callado, lo sabe como extranjera, como extraña que es.

    El llanto sigue, es mucho más fuerte. Ya no es ese rumor, no. Reconoce tras la pared una voz que sobresale a todas. La mujer del casero ha llorado toda la semana. Recuerda al marido. Recuerda como la saludaba tratando de ser amable, Es el único, una nostalgia le aprisiona la garganta ¿dónde estará Ernesto? Recuerda al casero salir por la mañana a Azala, saludar a los vecinos, lo miraba al abrir el negocio temprano y atender la clientela mientras le enseña a los hijos el buen oficio del tendero. Fue la única vez que se acercó al mar de Aral. Recuerda al hombre llorando a la orilla del no mar, sentado en el casco oxidado de un no barco, un tótem del dolor varado en una no playa, en medio de unas olas de arena quieta, recuerda un lamento que era un no rezo hacia la Meca. Imagina a ese hombre sobre ese barco, imagina al hijo mayor navegando, administrando la pesca y el futuro…  No hay nada, no queda nada, Recuerda que el hombre la sorprendió mirando, “Kharezm”, dijo y señaló la nada tóxica. Caminaron rumbo a casa, detrás de ellos el tótem varado. Ese día comenzaron los lamentos de la madre, los gritos callejeros clamando algo parecido a la justicia, el lenguaje universal de la ira, el hijo mayor en una mortaja y llevado en hombros por todos, una multitud colérica y ajena… la ajena es ella, la extraña es ella, el llanto de la madre no es el suyo, no. Es un dolor que no comparte, su dolor es callado, íntimo. Los gritos deberían de ser sólo para el amor, piensa mientras recuerda las noches al lado de Ernesto, sus gemidos y el rechinar de los muebles a la orilla de mar. Nos deberían de pagar por esto, dijo alguna de tantas veces, el sexo esparcido a gritos por todos los rincones, los gritos de ambos escurriendo por las paredes. Gritos líquidos y rabiosos como las olas allá afuera. Ahora está resignada, sabe que su dolor es otro, distinto al de los demás. Lo supo cuando Ernesto ya no dio señales de vida ni de nada, lo supo cuando tocaron a su puerta, tres golpes secos en mitad de la noche, lo supo cuando no encontró a nadie sólo las arenas del mar de Aral golpeando su rostro, al fondo la sombra de un no barco varado, ante sus pies una caja que se niega a abrir.

    Se masturba pensando en Ernesto, por culpa de él. Nunca había hecho el amor con tanto silencio, Nunca había hecho el amor en soledad. Ya hay demasiado llanto aquí, dice y llora por su ausencia, por la de ambos, Es como no estar, el no sexo con llanto, es como no estar. Ahora sabe que el ruido los delató. Llegaron por ellos, sabían sus nombres, seguro fueron los vecinos, conocían sus ruidos a pesar de las olas. Atrás quedó la cabaña a la orilla del mar con todo el sexo encerrado a gritos, atrás otras arenas vivas emitiendo una despedida, atrás el Caribe que Ernesto nunca volverá a ver. ¿Por qué te gusta este lugar?, le preguntó al llegar, el mar ausente de Aral frente a sus ojos, su cabeza tratando de entender lo inhumano de la política, ¿Por qué simpatizas con ellos? La misma respuesta sin añadidos, como aprendida de memoria, un rumor que sólo le pertenecía a Ernesto: una aventura extranjera por medio oriente, Ernesto por su lado y el hermano por el suyo, Nos encontramos justo antes de que nos deportaran en el aeropuerto de Schipol, esposados ambos, hablado del futuro, riéndonos en español ante el asombro de los guardias holandeses, Nunca más lo volví a ver con vida, decía antes de sumirse en el silencio. Toma, le dijo, esto es para ti. Un suvenir a cuadros recuerdo de esas aventuras de arena, y se envolvió en la palestina tal y como lo hace ahora esperando que ésta le contara historias de beduinos y de tesoros ocultos.

    La tela le habla de Ernesto y sus intenciones guerrilleras. El inicio de todo, una aventura a cuadros, un algo similar a un juego de universitarios, un juego plagado de frases elocuentes y francesas, un universo de ideas ajenas donde se jugaba a ser grande, a ser libre, “La imaginación al poder”, “Abajo el realismo socialista. Viva el surrealismo”, “No puede volver a dormir tranquilo aquel que una vez abrió los ojos”, frases que Ernesto gritaba como mantras y pintaba en cuanta pared veía, un juego parecido a una verdad absoluta pero con fecha de caducidad. Cuando trajeron el cuerpo del hermano fue el primer indicio de que el silencio comenzaría con un rostro estallado e irreconocible, las manos sin dedos, “Pa que dejen de escribir tanta pendejada”. Es una advertencia, le dijo cuando los dedos del hermano llegaron una semana después y envueltos para regalo dentro de una caja, Tenemos que irnos. Ella supone entonces que el juego no era tal, que no había idioma suficiente para describir el dolor de Ernesto ni de nadie.

    En su cabeza está la primera huida hacia el mar Caribe, Nunca nos encontrarán, fue la primera vez que se lo dijo antes de llegar a Kazajistán, pensó que jamás volvería a huir y el recuerdo se desvanece ante la imagen certera de un barco encallado en un mar de arena. El destino siempre llega, el dolor siempre llega, la caja sigue ahí, cerrada. Ernesto no va a volver nunca y lo sabe. Le queda esto, un mar seco, el silencio, su llanto y su sexo callado.

Al otro lado de la pared, hay una mujer que sigue llorando.

Barcelona, septiembre 2014.


 Alfredo Peñuelas Rivas (León, Nicaragua 1970)

Estudió ciencias de la comunicación en la Universidad Autónoma Metropolitana y creación literaria en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona, España. Ha escrito libros de relatos, ensayo y crónica en diversos periódicos.

Sobre esta novela Juan Villoro ha dicho:

La orfandad de la muerte muestra la permanente originalidad del género cuando se ejerce con excelencia”.

Actualmente es candidato a doctor en Ciencias Sociales y Humanidades por la UAM-Cuajimalpa.

Twitter: @Farabeuf

Página web: http://todosobreelfindelmundo.blogspot.mx/

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