“Nadie” un relato de frontera de Susana Bautista Cruz

Nadie por Susana Bautista Cruz

La Maestra Susana Bautista Cruz es profesora de Skribalia. Imparte el curso “Los labios de la Tierra. Mujeres poetas en lenguas indígenas” que inicia el 25 de julio.


En la carretera no había ninguna seña de movimiento. Nadie. Sólo una línea borrosa que apuntaba hacia el infinito y la humareda que desdibujaba el rostro amado. La niña corrió tras el autobús. Sus pasos cortos se agigantaron en la desesperación por alcanzarlo. La angustia la dejó sin aire y las piernas se le enroscaron; cayó como una culebra sobre la tolvanera. El golpe brutal en el estómago la enmudeció por segundos, apenas pudo esbozar una palabra: “Mamá”.

-¡Ya mujer! ¿Para qué tanto alarido? -dijo Simón mientras servía aguardiente en los vasos de plástico. Traía un cigarro apagado en la boca.

-¡Déjala! Sólo ella sabe su dolor -dijo Elías.

Nadie un relato de Susana Bautista Cruz
Fotografía de Susana Bautista Cruz

-¿Dolor?, ¿cuál? -replicó Simón en tono de burla y encendió el cigarro.

-Venir de tan lejos. Dejarlo todo.

-Dejar qué. Según ella no tenía nada; sólo a su mocosa. Estar acá tiene sus peligros -bebió de un sorbo todo el licor y luego agregó: la frontera es un buen lugar para vivir.

-Y mira la vida que le das.

-Esto es mejor que nada. Tiene para tragar. Además, ella andaba huyendo quién sabe de qué.

-De la migra.

-¿La migra? -Simón dio un manotazo fuerte sobre la mesa-. Sabrá dios si viene de Guate o de El Salvador. Todas las viejas dicen lo mismo. Lo de su mocosa es puro cuento, para que uno sienta lástima. La habrá vendido en una finca. La regaló.

-¿La regaló? -interrogó, titubeante, Elías.

Ambos miraron con desprecio a la mujer que sollozaba en la oscuridad de la habitación.

-Sólo traigo quetzales -dijo la mujer morena y mostró los billetes.

-Esos no valen. Te costará más. El doble -arremetió El Marrana.

-Los cambiaré en la frontera.

-¿En cuál frontera? Aquí no hay frontera. Pagas y ya. El doble.

-Es todo lo que tengo -la mujer le ofreció el dinero.

-¡Súbete! -El Marrana le arrebató los billetes arrugados.

La mujer subió con rapidez al autobús. Atrás de ella, apareció una niña envuelta en un grueso chal, pegada a su costado. El Marrana esperó a que el autobús se pusiera en marcha; luego se acercó a la mujer.

-Te dije que era el doble, pero por la mocosa es el triple.

-Pero no hace bulto -lo miró suplicante: es pequeña-. Sólo tiene cuatro, bueno cinco años.

-No llegarás a ningún lado con ella. ¡Déjala!

-¡No!

El Marrana forcejeó con la mujer. Nadie intervino. Nadie. El autobús se detuvo. Luego, aceleró a toda su velocidad. El humo negro trenzó un espeso remolino. Sólo una línea borrosa que apuntaba hacia el infinito. La frontera.

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