“Grasa de marsopa” un cuento de Rodrigo Pámanes

Por Rodrigo Pámanes

Para Raymond.

La natación nunca ha sido un deporte que me entusiasme mucho. La considero exhibicionista y caótica. Para practicarla se necesitan demasiados elementos conjuntados y un receptáculo con agua que no siempre está a la mano. Cuando nado añoro la simpleza de patear un balón entre dos piedras alineadas o la de rebotar una pelota contra un muro alto hasta que se pierda en la lejanía del patio. Aun así nado todos los días, por disciplina, porque los medicamentos no eran suficientes, porque si quiero tener todas mis uñas intactas debo nadar, nadar hasta cansarme y recordar en cada bocanada de aire a mi corazón sonando de fondo, armónico y tranquilo. Todos los días entro a la piscina y recupero la cordura y eso es suficiente para seguir practicando mis brazadas.

No soy nadador profesional, soy un escritor, o algo parecido a un escritor. Digamos que pretendo ser considerado por mis similares como un buen escritor o por lo menos un escritor solvente. Como no sé escribir sobre otra cosa que no me haya sucedido decidí realizar una novela corta sobre Matthew Webb, uno de los primeros adictos a la adrenalina que decidió cruzar a nado el estrecho de Dover en 1875, sin ayuda de ningún tipo. Nunca he cruzado a nado la distancia que hay entre Francia e Inglaterra. Nunca he nadado en aguas abiertas, pero conozco el agua, nado todos los días por el tema del stress, y eso, pensé yo, me da las credenciales suficientes para escribir el texto que comenzaría con la llegada de Guillermo II a las costas inglesas y terminaría con la muerte de Webb en Canadá mientras intentaba nadar en las corrientes del Niágara. El texto sería una maravilla narrativa en donde el hombre enfrentaría a la naturaleza a brazo partido, en calzoncillos y sin googles; un relato épico donde explotaría la locura del deportista extremo y la voluntad férrea del adicto a las emociones fuertes. Tenía las notas, las letras, todo el impulso creativo pero faltaba un detalle en este mar de certidumbre y era que yo nunca había cruzado el estrecho de Dover en mi vida, nunca había experimentado esos 33 kilómetros de frío, miedo, adrenalina y hambre. Yo no era un nadador de aguas abiertas y por lo tanto nunca podría escribir el relato con la verosimilitud que mis lectores exigen. ¿Qué hacer? La respuesta solo era una y una solamente: debía cruzar el Canal de la Mancha para poder escribir la historia del magnífico Matthew Webb, el primer gran loco que en 21 horas y 45 minutos cruzó la brecha de mar que separa a Inglaterra de Francia, a Europa continental del Reino Unido. Tenía que ser Webb por unos meses y unir con mi nado esos dos témpanos de tierra.

El entrenamiento comenzó con la imperiosa necesidad de conseguir un entrenador para aprender y perfeccionar mi nado en aguas abiertas. También de hacerme de un grupo de amigos que me animara a realizar la peculiar hazaña, pues estaba seguro que mi familia no haría más que bañarme en reproches y comentarios negativos sobre mi proyecto literario. Digo proyecto literario porque ese era el motivo de mi aventura, el fin de la diáspora de mi sentido común: si quería escribir esa novela de forma precisa y exacta debía ser mi personaje por al menos un año, tenía que someterme al rigor del entrenamiento y por último cruzar a nado el canal de la Mancha. No había opción, si quería una auténtica novela era necesario el sacrificio. Conseguí el entrenador, los amigos apoyaron, la familia mostró ríos de miedo fluyendo por todos lados, no querían verme expuesto, lo entendía, pero no cedería. Mi entrenador, Luis Tule, había sido un experto nadador de aguas abiertas y ahora retirado era uno de los mejores preparadores de atletas extremos del país y eso me daba la seguridad de que mi entrenamiento estaría guiado por uno de los mejores. El primer comentario realizado por Luis, cuando nos vimos por primera ocasión, fue: ”lo más complicado de la práctica son los doce kilómetros diarios de natación en aguas frías, lo más difícil será encontrar un río sin perros muertos, botellas de refresco y envolturas de cualquier cosa que se pueda comprar en una miscelánea”. Tenía razón, aún en el más limpio de los ríos, practicaba entre desperdicios animales y restos de incivilidad representada por envoltorios de papas, donas y demás mierda. No podría afirmarlo pero en una de mis últimas prácticas estoy seguro de que la persona que pasó flotando junto a mí no lo estaba haciendo de forma voluntaria.

Teníamos una rutina establecida: nos veíamos todos los días a las siete de la mañana, manejábamos hasta las cercanías del río y entonces trotaba los dos kilómetros restantes hasta la ribera. Llegando al río, me clavaba y nadaba contra la corriente por tres horas; después cruzaba el río en ambas direcciones hasta completar diez kilómetros. La parte más estrecha entre Dover y Calais mide 33 kilómetros y es inusual nadar esa cantidad de metros al cruzar el estrecho, pues entre las corrientes y los desvíos puedes terminar nadando hasta 55 kilómetros antes de tocar tierra. Esto lo sabíamos los dos pero Luis insistía en que era innecesario nadar tantos metros de una y, sobre todo, hacía hincapié en dejar claro que las condiciones del canal nada tendrían que ver con cualquier otra experiencia en aguas abiertas. “No por nada”, decía Tule cuando hablábamos sobre los detalles del plan de trabajo, “No por otra cosa más personas han subido al Everest que las que han cruzado el Canal de la Mancha”. Fueron meses de intenso entrenamiento. Todos los días, casi todas las horas, yo nadaba, corría, y Luis dirigía y corregía, era una bella rutina que ocupaba la mitad de mi día. Doce horas entre prepararme, nadar y volver a casa, después tres horas para estudiar los detalles técnicos del viaje, de las mareas, de todos las pequeñas cosas que debía dominar antes de volar a Londres, antes de lanzarme al agua, antes de ser Matthew Webb por unas horas.

Existen muchos detalles insospechados sobre nadar en aguas abiertas para el espectador. Quienes desde su televisión observan a los nadadores dar más de treinta mil brazadas para cruzar el estrecho de Dover ignoran que el agua salada puede cocerte la piel, no saben que el frío puede paralizar tu corazón y tus músculos y, por supuesto, ignoran la reglamentación de la Channel Swimming Asocciation respecto al uso de trajes de baño que dicta cómo debe ser suministrada la alimentación durante la dura travesía. El traje de baño no puede ir más allá de los hombros y tampoco puede extenderse por debajo de la entrepierna. En pocas palabras los hombres deben cruzar uno de los mares más bravos del mundo en una tanga poquito más grande que un pañuelo. Es esencial alimentarse e hidratarse durante el recorrido, pero nadie puede tocarte, la forma de ser alimentado está normada por la CSA y habla de cuerdas y cubetas con tubos para poder recibir comida y bebida. Los nadadores, desde el siglo XIX, cubren su cuerpo con grasa de ganso para soportar el frío y no sufrir escoriaciones en las zonas de más fricción. Hoy en día existe una grasa llamada Swimmers Grease´s que solamente se vende en una farmacia en Dover, pero el gran Webb utilizó grasa de marsopa y por eso yo planeo hacer exactamente lo mismo. No sé si comprar grasa de marsopa sea ilegal pero seguro es menos riesgoso que comprar colmillos de elefante o vesícula de tigre. No me queda claro si Webb utilizó la grasa de este animal por alguna convicción práctica o solamente se untó con la manteca del primer frasco que encontró. Aun así, creo que utilizar cualquier otro aislante me alejaría de la misión de realizar una verdadera novela. Me dice Luis Tule que existe un gel de alta tecnología de venta por la red. “Es muy útil para proteger al cuerpo del frío extremo”, dice, sin saber sobre la prohibición de estas sustancias. Como muchas de las cosas hechas por los ingleses, las reglas para cruzar el Canal de la Mancha son estrictas. Pétreas, diría yo.

En el mes de julio hice los últimos preparativos. Pagué la cuota de inscripción, los derechos pertinentes y el acompañamiento del oficial para dar fe de mi hazaña. En ese momento no necesitaba poner mi fecha exacta de salida, pero insistí en apartar el 24 de agosto. Quería, no, necesitaba salir el mismo día que Webb dejó Dover. Tenía que recrear con fidelidad cada ínfimo detalle. Me advirtieron sobre la gran cantidad de personas cruzando en agosto. También me recordaron sobre la temperatura del agua y cómo en ese mes era cuando estaba más cálida: “entre 14 y 18 grados”, dijeron con un acento casi incomprensible. Me recordaron el cariño que se tiene al primer nadador en cruzar el estrecho y que yo no era el único nadador impregnado por el espíritu del pionero. “Es el día que más personas intenta cruzar” dijeron, “También es el día con más fracasos en el año”.

Luis Tule hizo un plan de alimentación, hidratación, estrategia de nado, proyección de horas hasta terminar el recorrido y un caudal de anotaciones, detalles y cosas por hacer que solo atiné a revisar y autorizar. La lista tenía una versión corta que anoto:

Fecha y hora de salida. 24 de agosto 10:41 (ni un minuto más)
Lugar exacto de salida. Shakespeare Beach (Dover, Inglaterra)
Lugar aproximado de llegada. Cap Gris Nez (entre Calais y Boulonge, Francia)
Distancia aproximada. 18.2 millas náuticas (33 km.)
Velocidad aproximada del viento 5 nudos, dirección Norte.
Tiempo de nado Entre 13 y 21 horas
Número de brazadas aproximadas 35,000
Alimentación (cada hora) Mezcla: grasa de ganso, nueces y plátano
 

La lista de Tule solo daba cuenta de lo más esencial respecto al día de la acción. Todo lo referente a trámites y demás cosas farragosas estaban clasificadas en carpetas guardadas por Luis con un orden casi militar.

El 18 de agosto llegamos a Dover. No había cielo despejado y el agua estaba inusualmente fría. Los pescadores afirmaban sentir diez grados y un viento agresivo que no dejaba desplegar vela alguna. Yo no me amilané en ningún momento, faltaban seis días para mi proeza y estaba seguro que el 24 en la mañana el cielo se abriría y llegarían cuatro grados más al mar. Lo justo para nadar en un agua helada y no en un glaciar fundido en hielos.

La casa fue erigida en 1365 como residencia del capellán de la iglesia de San James. En 1539 el clero devolvió la propiedad al ayuntamiento. No se sabe muy bien que pasó en los siguientes 35 años pero en 1474 se volvió un lugar de mala muerte habitado por supuestos catadores y fabricantes de cerveza ale que no dudaban en alterar ilegalmente su paladar o el ambarino líquido para meterse unos peniques en los bolsillos. El año en que un tipo de apellido Ramsey consiguió una licencia para vender alcohol y convertir la pocilga en la City of Edinburgh fue 1652. Fundó una especie de pub que duró bajo ese nombre hasta 1818, cuando adquirió su blasón actual: un caballo blanco sobre un fondo negro. El White Horse es hoy en día el bar donde todos los nadadores del Estrecho de Dover recalan los días anteriores a su travesía, es el pub donde comen fish and chips, salchichas con mushy peas y refrescan sus gargantas con cidras y ales que recuerdan a aquellos viajeros del siglo XVII que hacían lo mismo pero sin intenciones de remojar sus testículos en aguas heladas. Webb seguramente comió y bebió en este lugar.

Los días previos a mi nado comí y cené en el White Horse. Probé casi todo el menú, con excepción del kidney pie porque olía a una empanada de orines. Charlé con todos los nadadores que entusiasmados con la proeza del primer nadador pensaban salir el mismo 24 de agosto. Cuando conversé con ellos les aclaré que odiaba la natación, porque me parece un deporte absurdo y sin sentido. Insistí en que yo estaba ahí por una novela que iba a escribir. Les aclaré que después de esto nunca volvería a nadar en aguas abiertas. Mi proeza sería una primera y última vez. Todos me cuestionaron, ya en confianza me llamaron de todo pero yo estaba seguro de lo mío: esto lo hacía por la literatura no por la natación, no por el deporte. Nunca por el deporte. Los días en el pub fueron muy instructivos. Escuché a los que han cruzado más de una vez el canal, aprendí historias sobre todos los fracasos y algunas muertes y por último cumplí con una de las tradiciones obligatorias de Dover, del White Horse: firmé la pared, como todos los nadadores antes de partir; entonces sellé al viento mi promesa de volver a escribir en ella al regreso de Francia. “Esta noche debes dormir bien y pensar qué es una marsopa”, se despidió de mí el más viejo del bar.

Bitácora del 24 de agosto
07:00  

Me despierto, no reconozco el cuarto. Bajo los pies de la cama y piso mis googles. No hay marcha atrás, esto ya está firmado en mis deseos. ¿Servirá de algo darme un baño?

08:00  

Decidí no bañarme, tendré más de medio día de agua salada circulando por mi piel y no lo creo oportuno. Luis preparó el desayuno: pasta con grasa de ganso, no sabe mal, más bien no sé si sabe mal, los nervioso tienen secuestradas mis papilas.

09:00  

Salimos en un bus hacía Shakespeare Beach. Primero paro en el White Horse y firmo en la pared como dicta la costumbre, junto a mi rúbrica anoto un mensaje: “Ya me voy, nos vemos al rato, ¿alguien quiere una baguette?”

09:32  

Luis comienza a untarme la grasa de marsopa. Cuando los otros nadadores pregunta, mentimos: “grasa de ganso checo, por eso la textura es distinta, allá los gansos pasan más frío y comen lúpulo, por eso la grasa no parece la misma”. Tengo todas las articulaciones muy engrasadas. En el resto del cuerpo solo una leve capa que me protegerá del frío. Dicen que llevar manteca en el cuerpo no protege de nada pero si Matthew Webb portó cebo yo lo haré.

10:20  

Verifico los googles, el ridículo traje de baño y al juez con su cara de inglés rancio. Lo más importante: me aseguro que mi alma y mi mente están listas para nadar, para escribir una novela. A partir de las 10:41 seré el nuevo Matthew Web. A partir de las 10:41 seré mi novela.

10:40  

El juez me indica que puedo partir. Doy unos pasos y me detengo, pregunto la hora y dejo que se consuman los cuarenta segundos restantes, tengo cuidado de que mis pies no toquen el agua.

10:41  

Siento la gélida agua y recuerdo cuánto odio nadar.

11:00  

Escucho las indicaciones de Luis desde el bote. No entiendo nada. Todavía no decido en qué ocupar mi mente, cómo matar el tiempo. Recuerdo mi odio por nadar.

12:00  

Ha pasado una hora. Todo va bien. No estoy muerto, no tengo el hígado congelado, tampoco estoy muriendo de inanición.

De todos modos como, me meto a la boca la mezcla de cebo de ganso y plátano que preparó Luis, no puedo decir a qué sabe, mis papilas están pensando en un caldo de pollo, en un gran tazón de caldo frente a mí, y en una gran cuchara. Una cuchara tan grande que no le veo fondo.

13:00  

Dos horas y media y todavía veo a los niños correr por Shakespeare Beach. No entiendo nada. Más bien solo entiendo de frío y hambre. Como. Bebo un líquido tan azucarado que pondría alegre a cualquier mosca. Sigo nadando.

13:30  

Brazada, brazada, los pies rectos. El sol contrasta con el frío de mis orejas.

14:00  

Como y bebo, lo hago en automático, no sé lo que bebo, no importa lo que como.

14:01  

Reanudo la marcha: brazo, agua, brazo. Escucho una voz: “vamos, ya vas por las cuatro horas”. Me río mentalmente: mis labios están sometidos al hielo.

14:37  

¿A quién le ofreceré la novela? Brazo, agua, brazo. No creo que interese mucho, pero alguien podrá leerla y decir: “es medio mala aunque la historia de cómo se escribió vale la pena”. Brazo, agua.

15:00  

Como, degluto más bien. Luis me indica que no voy ni a la mitad, casi cinco horas y no voy a la mitad. “Resiste” me dice, “cheer up” comenta el juez.  Se me congelan los pies. No me quejo. Nado con las manos y después de quince brazadas los pies responden. No quiero pensar lo que falta, sólo pienso en lo que ya recorrí. En las páginas que ya escribí.

15:23  

Una medusa me ha tocado la pierna. Duele, duele tanto que el frío se ha convertido en una brisa de agua templada. Pido brandy, Luis me muestra un medicamento, pero yo ordeno que me pongan brandy, como lo hizo Webb. El dolor sigue, el mar no se termina, llamar estrecho a algo tan ancho es una pendejada.

16:00 Como, escucho, bebo, reanudo.
16:45  

Estoy seguro que será un gran texto, una novela realista. Brazo, agua, dolor, dolor, dolor, dolor…

17:00  

Como, escucho, bebo. Mi mente duerme, mis músculos gritan, las medusas se ríen de mi.

17:17 ¿Qué hago en esta agua fría y extranjera?
18:00  

Más comida, vomito un poco y hay peces que salen a comer los desperdicios. Luis escribe, no comprende, pero escribe.

18:30  

Mente en blanco, como sonámbulo del pensamiento lanzo los brazos al frente y acarreo agua.

19:45  

No recuerdo si me dijeron que ya pasé la mitad o que estoy en la mitad o si estoy partido por la mitad.

20:00 Recién me doy cuenta que es casi de noche, ¿o es de noche?

Como, bebo, dicto.

20:32  

La luces de los barcos son mis guías, nada más, mi mente me deja por momentos y son las luces las que me acompañan.

21:00  

La noche es cerrada, las mareas me han arrastrado por dos horas, dice Luis. “Un sprint de tres horas para poder pasar la marea”, anota Luis. Él calla y anota.

22:41 Sigo pensado que nadar es un deporte idiota.
23:00  

Sin comer y sin beber sigo nadando, no me detengo, tengo que salir de esta contracorriente.

23:35  

Desde el barco me gritan, me detengo, Luis me dice que apenas he avanzado unos metros, pero ya salí de la corriente. Como, bebo, dicto. Lloro un poco.

24:00  

Estoy a pocos kilómetros. Webb tardó casi 22 horas, yo lo haré en menos pero llegaré el mismo día, el 25.

24:40  

Como, pienso, lloro. Mi piel está cocida por la sal, mi mente sedada por el frío, no creo lograrlo. Las luces me invitan a seguir, el sentido común me tiene pensando en una cama. En una gran cama con tres almohadas.

Bitácora del 25 de agosto Día de llegada
01:00  

Grita Luis que es menos de un kilómetro lo que falta, le pido que lo anote.

Como.

Bebo.

Pienso.

Brazo, agua, brazo. Brazo, agua, brazo.

1:30  

Recuerdo la novela, ¿cuál novela? Nado, nado, nado, nado, nado. Veo luz.

2:00 Nado, nado, nado, brazo, luz, brazo, luz.
2:34  

Arrêtez, les pierres casseront votre tête! No sé francés pero entiendo de gritos.

2:36  

Pido ayuda, me dicen que no es posible: “Debes subir tú solo” anota Luis, no lo grites. No sé si las palabras salieron de mi boca pero lo pensé muy fuerte.

2:39  

Termino de subir las rocas. Me reciben con silbatos marinos, luces y gritos en tres idiomas, al juez le da igual que haya llegado, ve esto todos los días, todo el día.

2:40  

Regresamos a Dover. Duermo, duermo, duermo, duermo, no más brazos y luces, no más brazos y agua, no más cebo de ganso y gritos sobre piedras y peces. Anota Luis, anota.

Mis dientes estaban cansados. Durante dos horas sonaron como pájaros carpinteros y el agua caliente resbalaba por la grasa y todavía tengo que firmar papeles. No veo nada, no escucho nada, todo eran espumarajos de agua marina por mi mente. Ponen comida en mi boca, suero en mi vena, mantas en mi cuerpo. Yo solo veo espuma. Por un momento mi cabeza se llena de medusas y el recuerdo sigue siendo una leve deformidad en mi piel.

Bebo, como y adolezco. No tengo fuerzas para pensar en nada. No recuerdo mi novela ni a Webb ni lo mucho que odio nadar. Luces, medusas, hambre y frío; cubos de hielo golpeando todo mi cuerpo, azotándolo con gélidos recuerdos. Vuelvo a soñar con un caldo de pollo, esta vez es una marmita gigante. Mientras como me siento nadar en la gran olla y sueño con escribir una novela sobre la primera vez que se hizo un pollo en caldo. Duermo, duermo, duermo: en un momento de dolor desperté.

Han pasado doce horas en mi recuperación del  mar. Perdí quince kilos en la batalla contra el mar y las 50,000 calorías quemadas destrozaron toda la posibilidad de tener ánimos por muchas horas. En la cama de hotel pienso y sueño por momentos, en un viento que cruza el estrecho erosionando y los blancos acantilados de Dover. Pienso en la novela, en Webb, en mi carne cocida por la sal marina, en mis testículos congelados de miedo, en mi cara ausente, en las grietas de mis axilas. Pienso en la novela, en las trecientas páginas que escribiría sobre el Canal de la Mancha, en quién la leerá, en dónde la reseñarían. Pienso en muchas cosas, menos en ponerme de pie, tampoco pensaba en nadar, nadar es estúpido, nunca nadie debe pensar en nadar.

Luis afirma que mis sueños y alucinaciones duraron horas. Hablé de pollo y peces, de hielos y espumas, de ganas de llorar y sentimientos de morir, eso dice Luis y seguro es verdad, pero lo que me cuenta no podrá ser nunca una novela. Hablar de pollos y peces es lo menos literario del mundo. Es lo más elemental. Yo estoy seguro que soñé con los blancos acantilados de Dover y eso me basta.

Una vez recuperado decidí salir de casa, me calcé los zapatos y cubrí mi cuerpo con tantas prendas como pude. Luis estaba preocupado. Fue firme al advertirme sobre salir de la casa: “estás débil, no hay prisa”. Él no tenía prisa, yo sí. Caminando por la calle fui cogiendo fuerzas, era como si el viento transportara ánimos a mis músculos. Fueron cien o doscientos metros, no recuerdo bien, pero llegué al White Horse y comencé a buscar mi recado del día en que cruce el estrecho. Lo localicé al lado de Matías N., debajo de July Ors. Mi recado estaba impoluto, con caligrafía perfecta. No traje baguettes para nadie, pensé, pero sí traje una novela conmigo, con mis brazos, con mi piel, con Webb. Rubriqué con orgullo, no con mi firma, lo hice con mi nombre completo: Gerardo Argüelles.


rodrigo-pamanesRodrigo Pámanes

Es candidato a doctor por la Universidad de Salamanca, ha realizado estudios de arte y gastronomía en Praga, Madrid y Puebla.  En 2005 realizó la maestría en Literatura creativa en la Escuela TAI, en Madrid, España y en 2009 se graduó del master en Literatura hispanoamericana de la Universidad de Salamanca con investigaciones sobre la novela policiaca de Francisco Amparán “Otras caras del paraíso” y sobre el modelo de adaptación cinematográfica de Luis Buñuel.  Ha publicado en medios tanto nacionales como internacionales artículos, crítica gastronómica, crónicas, entrevistas, relatos y poemas.

En la actualidad dedica la mayoría de su tinta a la literatura infantil y al guionismo publicitario. Desde 2003 a la fecha colabora en la organización de Las jornadas de detectives y astronautas y codirige la publicación Cuaderno rojo estelar (CRE).  En mayo de 2014 salió publicado su libro Poemas para niños que se portan mal (editorial Abismos), en 2015 un ensayo de su autoría apareció en El complot anticanónico: ensayos sobre Rafael Bernal editado por el FETA y en 2016 Una semana en mi pueblo, poema infantil ilustrado (Viernes editores).  Imparte clases de lengua y literatura en el ITESM Aguascalientes, donde también dirige el taller literario.

Rodrigo Pámanes fue uno de los participantes del Encuentro de Escritores Cuento en Comala 2016.

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