El Ojo de Buitre

La casa era una de esas mansiones de tipo lúgubre, fría y gris en donde uno esperaría encontrarse como únicos habitantes, a unos cuántos fantasmas y almas en pena. Sin embargo, en ella sólo vivíamos la servidumbre, mi viejo tío y yo.

Todo había comenzado varios años atrás, siendo yo apenas un niño, cuándo el director de la primaria hizo su aparición en mi salón de clase para pedirme que lo acompañara. En silencio recorrimos ese largo pasillo hasta llegar a su oficina en donde ya nos esperaba un detective de la policía, era alto, delgado y de mirada fría, usaba sombrero y gabardina larga negra. Me ordenó que me sentara y sin más preámbulo me comunicó que mis padres habían fallecido ya que el tren que habían abordado esa mañana, había descarrilado. Sentí que me deslizaba de la silla como una serpiente buscando el piso, gracias a la rápida intervención del señor director que alcanzó a sostenerme en el momento justo pudo evitar el golpe. Sin reponerme del todo, el detective comentó que tendría que llevarme a la estación de policía, en donde me esperaba un tío lejano, único pariente que me quedaba. Cuándo al fin llegamos, mi tío, un señor bien arreglado, de pelo cano y actitud cariñosa -al que yo nunca había visto en mi vida- se me acercó, al estar frente a mí, abrió sus brazos y yo di dos pasos hacia atrás espantado. Me detuve petrificado al mirar ese ojo inmóvil, casi blanco cómo un escupitajo, corrí hacía el detective y me escondí tras de su gabardina.

Al no tener más opción, me convencí que sería mejor estar con él que en un orfanato. Mi tío –que tiempo después supe, era un hermano quince años mayor que mi padre- me había tomado bajo su cuidado, cabe decir que siempre me brindó su cariño y me trató como el hijo que nunca tuvo. Lamentablemente este sentimiento no podía ser recompensado ni correspondido, se había establecido una barrera de odio entre su maldito ojo grisáceo y yo.

Pasó el tiempo y esa noche, a mis veinticinco años cumplidos, al igual que muchas otras noches, el insomnio se apoderó de mí. Tenía metida en mi mente la imagen de aquel ojo que se había convertido en mi obsesión provocándome asco y náuseas, aquel ojo de buitre, acuoso, opaco e inservible. La luz de la vela a punto de extinguirse reflejaba una siniestra telaraña en el techo de esa fría habitación. Tras la delgada pared, el ruido de sus ronquidos y su cansada respiración, me regresó al presente. Aunque él estuviera profundamente dormido, yo sabía que su ojo permanecería siempre abierto.

Pasaban los días y poco a poco se iba fraguando en mi mente la forma de eliminar esa angustia, mi tío-ahora convertido en un viejo- se daba perfectamente cuenta de que prefería mi soledad a su compañía, evitaba por todos los medios verle a la cara, el miedo a enfrentarme a ese ojo se había vuelto insoportable, sabía que si pasaba más tiempo me volvería loco. Fue en una de esas largas caminatas que tenía por costumbre, en donde mi mente libraba feroces batallas de ideas, planes y confabulaciones que decidí que tenía que irme de ahí lo más pronto posible.

Regresé a la casa, bajé al sótano y desempolvé una vieja maleta, la llevé a mi cuarto y empecé a empacar. Al terminar, las últimas luces del día se esfumaron, sin darme cuenta se había hecho de noche, una suave lluvia y algunas ráfagas de aire frío me hicieron pensar que lo mejor sería esperar hasta la mañana siguiente. Al cerrar las ventanas, escuché a mi tío llamándome a cenar.

A mi tío le gustaba cenar de forma abundante, yo por el contrario apenas probaba bocado, la servidumbre entraba y salía de la cocina para traernos toda suerte de viandas, sabía que aquella era la última noche que tenía que soportar ese abominable ojo, lo cual me regocijó y traté de ser lo más amable posible con el viejo. Le dije que quería hacer un brindis, por lo que ordenó a uno de sus lacayos que trajera una botella de vino tinto de las reservadas para días especiales y una botella de brandy. Una vez servidas las copas, alcé la mía y le deseé a mi tío buena salud y larga vida. Fue en ese momento, al instante de levantar su copa, cuándo del escote de su camisa se asomó una delgada cadena de oro con una pequeña llave, esa llave que siempre llevaba consigo era la de un cofre que escondía en su cuarto y donde guardaba una buena parte de su fortuna. Probé el vino. Realmente excelente, con el segundo sorbo vacié la copa, pronto sentí una calidez que descendía por la garganta y me calmaba los nervios.

Desde el comedor se oía el viento helado que levantaba la hojarasca del jardín y el sonido del continuo roce de las hojas de los árboles. Aquella fina lluvia pronto se convirtió en una cortina de gotas furiosas, los destellos de los relámpagos y el estruendo de truenos parecían más cercanos a cada momento. Mi tío dio órdenes de atrancar bien todas las puertas y ventanas de la casa, así como encender las chimeneas de su cuarto y el mío. Sirvió un par de copas de brandy, y me invitó a pasar al salón, nos sentamos frente a la hoguera a esperar a que se calentaran nuestros dormitorios. Me dirigí hacia la ventana y perdí la mirada hacía la tormenta. Podía oír claramente el reloj de pared que como un guardián se erguía casi escondido al fondo de aquel salón. Cerré los ojos y me imaginé recorriendo el camino hacia la estación, subir al tren y desaparecer para siempre. El sonido de la lluvia tras los cristales y las campanadas del reloj me hicieron regresar, volteé a mirar al viejo y le dije que ya era hora de ir a dormir, lo ayudé a levantarse y subimos aquellas escaleras que se quejaban y estremecían a cada paso, nos dimos las buenas noches y cada quien se dirigió a su recámara.

Todavía de noche, abrí los ojos. La hoguera estaba casi extinguida y el cuarto se encontraba sumido en la penumbra que dejaba ver una danza hipnótica que proyectaban unas pequeñas llamas azules y anaranjadas. Me encontraba vestido y echo un ovillo sobre la cama, tapado por una manta. Seguramente a consecuencia del vino y el brandy me había quedado dormido, me levanté y prendí unas velas. Me cercioré que no dejaba nada que pudiera necesitar al irme de ahí. Tenía yo la plena convicción de no regresar jamás.

La lluvia seguía cayendo con fuerza y la temperatura en el cuarto había vuelto a descender, tomé una de las velas y bajé al salón por unos leños, al pasar por el reloj marcaba las cuatro y diez de la madrugada. Al pasar por la recámara de mi tío oí su pesada respiración, seguidos de aquellos insoportables ronquidos que más bien parecían estertores, fue en aquel momento cuando volví a pensar en aquella cadena, la llave y el cofre, no podía irme sin nada, habiendo en esa caja tanto oro. Dejé la leña en mi cuarto y bajé a la cocina por un cuchillo, busqué el más filoso y subí a su cuarto, me detuve ante la perilla y repasé el plan, buscar la llave, abrir el cofre, sacar el oro, salir y esperar a que amaneciera para ir a la estación y tomar el primer tren.

Abrí la puerta muy lentamente, apenas lo mínimo para que pudiera entrar, a cada paso se oía el crujir de las tablas bajo mi peso, las gotas de lluvia se oían como pequeñas piedras aventadas hacía el cristal, llegué a su mesa de noche, pero ahí no estaba la llave, tenía que cortar la cadena de su cuello sin que despertara, tome el cuchillo con fuerza y me dirigí hacía la cabeza del viejo, en ese instante uno de los troncos que terminaba de arderse se partió en dos, ese ruido me hizo dar un paso atrás, mi corazón latía como si fuera una estampida, mi mano empezó a temblar me quedaba sin fuerzas, temí que el cuchillo se me cayera al piso, me quedé inmóvil unos cuántos segundos, que para mí parecieron horas, pensé en dejar todo aquello e irme a mi cuarto, pero una voz dentro de mí, me decía ¡No seas cobarde, estás tan cerca! Volví a acercar la punta del cuchillo a la cadena y al momento de tratar alzarla para romperla, el ruido de un trueno que pareció que caía en medio de ese maldito cuarto al igual que una granada, junto con la luz cegadora de un relámpago, hizo que el viejo diera un brinco en la cama. De su cuello se desprendía un hilo de sangre, se oyó un grito y sentí su maldito ojo mirándome fijamente, no podía resistir más ese atisbo, alcé el cuchillo y totalmente fuera de mí, se lo clavé en ese maldito ojo. Corrí hacia la puerta y esperé en el corredor, por si se había despertado la servidumbre, después de varios minutos de total silencio, regresé a la recámara y cerré la puerta, prendí unas velas y me acerqué al viejo, le arranqué la cadena y con las manos cubiertas de sangre abrí el cofre, en él se encontraban diversos títulos de propiedad, joyas, monedas de oro y plata y un pequeño estuche chino laqueado color zafiro. Metí todo en una bolsa menos el estuche que lo había separado para echarle un vistazo, acerqué la vela y lo abrí despacio, como si fuera una cajita de música, sin embargo, lo que había adentro no era una bailarina, era un ojo de vidrio, oí risas, no sé si eran mías o del viejo, después sentí una rabia que explotaba en mi cabeza, el cuchillo seguía ensartado como un mástil en la cavidad ocular, de un jalón ese horripilante y gelatinoso gargajo, que tenía como ojo saltó y temblando cayó en la ensangrentada sábana, tomé entonces el de vidrio y lo fui acomodando lentamente en su lugar.

Tomé la bolsa y regresé a mi cuarto. Por las ventanas se empezaban a filtrar los primeros reflejos del alba, había dejado de llover, pero las ramas de los árboles se movían de prisa, presagiando un viento helado. Con calma -ya que sabía que ningún sirviente se asomaría por ahí a esas horas- me lavé las manos y la cara, me cambié de ropa, me puse las botas altas, bufanda, chaleco y abrigo. Metí todo en la maleta, apagué la vela y salí al corredor, al pasar por la puerta de mi tío no pude evitar abrir su puerta y entrar, llegué hasta él y le abrí los ojos, eran casi iguales, hasta del mismo color. Salí del cuarto, recogí mi maleta, bajé las escaleras y salí de ese viejo caserón para siempre.
Fin.


Jorge Enrique Calafell Irabién. Licenciado en Derecho, posteriormente obtiene la maestría en Derechos Humanos, ambas en la Universidad Iberoamericana en la Ciudad de México, cuenta además con cinco Diplomados, uno de ellos en Literatura. Escribe un libro de Dominó y colabora con distintas publicaciones especializadas en temas jurídicos, políticos, económicos y sociales.
Cuento ganador de la mención honorifica en el II Concurso Internacional de Escritura Creativa de Skribalia (Cuento), fallado en Enero de 2018.

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