Decir IDEA IDA es dónde ir

Por Víctor Sosa

Hablar de Rulfo es hablar de un habla. De una forma de decir, de una forma en el decir; de dar lugar a eso que fluye en la lengua, porque, ¿quién es el emisor de ese decir rulfiano sino la propia lengua, el habla anónima que trasvasa personajes igualmente anónimos, desprovistos de singularidad psicológica, de cuerpo, de semblante, por tanto: de pasado, presente, futuro? Los personajes de Rulfo –en El llano en llamas, en Pedro Páramo–, son sombras, fantasmas que hablan con fantasmas, bocetos de hombres que vagabundean sin rumbo –porque no hay dónde ir– en ese páramo que es la existencia.

Todo fantasma es atemporal, y vagar es un trasladarse en el mismo sitio a ninguna parte. Es un sitio, un sitiar el alma –el ánima ésa que pena–; es un penar como lugar ese vagar, un penal –o presidio– donde la presa vaga en llano en llamas, en cercado círculo infernal.

Todo sitio o lugar rulfiano, todas sus escenificaciones, son parameras para actuar, para presentar el desastre. Y el desastre es perpetuo. Es otra forma de la atemporalidad, de la negación de toda linealidad progresiva, de toda posible salida salvadora, de toda razonable esperanza. El desastre es un círculo. Adentro, las voces, los ecos: “un tumulto de voces amontonadas haciendo un ruido igual al que hace el agua crecida cuando rueda sobre los pedregales.” La voz, en Rulfo, no define al ser. Es un montón de sonido sin ser, sin sujeto, sin singularidad ni voluntad. La primera persona –si estuviera ahí–, no está para interrogarse socráticamente sobre sí, sino para afirmar su imposibilidad, su pasividad, su incondicional condición de tumulto. Acaso eco siempre de otros ecos. Un eco ciego, como ese que sigue y responde ante los ojos de Pedro Zamora, efímero y fantasmal caudillo de “El llano en llamas”:

Sí, él nos cuidaba. Íbamos caminando mero en medio de la noche, con los ojos aturdidos de sueño y con la idea ida; pero él, que nos conocía a todos, nos hablaba para que levantáramos la cabeza. Sentíamos aquellos ojos bien abiertos de él, que no dormían y que estaban acostumbrados a ver de noche y a conocernos en lo oscuro. Nos contaba a todos, de uno en uno, como quien está contando dinero. Luego se iba de nuestro lado. Oíamos las pisadas de su caballo y sabíamos que sus ojos estaban siempre alertas; por eso todos, sin quejarnos del frío ni del sueño que hacía, callados, lo seguíamos como si estuviéramos ciegos.

Porque no hay razón ni acción autónoma. Hay, a lo sumo, instinto, insistencia en una instancia que rebasa toda aspiración posible, toda inspiración personal, es decir: toda actividad creadora. Instinto gregario, animal: “idea ida”.

Limbo, miasma, impasse que, paradójicamente, no postula un antes y un después que lo sustente. Lo terrible del impasse rulfiano es que no hay un antes ni un después posibles. Ni siquiera la esperanza de un pasado reconocible en sus ruinas, porque hasta las ruinas son fantasmas, apariencia, irrealidad que toma cuerpo en la semblanza sin autor, sin modelo, sin molde original.

García Márquez dijo alguna vez que Rulfo era nuestro Sófocles. Sí, por trágico, por antiguo, por pre-moderno. Porque sus personajes –si es que los hay– deambulan en un territorio o páramo llamado Fatalidad, Destino, Comala, Luvina, Llano en llamas. Pero existe una diferencia sustancial: en Sófocles hay Señor de Delfos: hay oráculo. Hay, también, caprichosos pero imaginables dioses. Eso ayuda. En Rulfo no. No hay ayuda posible. El “antiguo” Rulfo nos desprovee del penúltimo sustento donde apoyar la cabeza: los dioses, y del último sustento: la razón ilustrada. En ese sentido el autor mexicano se parangona con otros autores modernos del pathos (páramo) de la vacuidad: Sartre, Samuel Beckett, o de paisajistas de la derrota como Thomas Bernhard o Juan Carlos Onetti. Pero en Rulfo no existe la libertad sartreana, esa bienhechora náusea que nos pone al borde del  abismo, es decir, de la elección, y que es una forma de porvenir, y de pro-venir, digamos. En Sartre hay esperanza, una oscura esperanza, una lejana raíz ilustrada que por las francesas comisuras de la educación, aún alumbra. Hay una –y eso es mucho– libertad que nos angustia. ¿Y en Beckett? En Beckett hay humor, un oscuro humor que es –paradójicamente– una esperanza. Tal vez, la última manifestación de la esperanza antes del silencio, antes del salto de un Paul Celan al letal Sena, antes del asintáctico grito de Artaud (Cuadernos de Rodez) resonando en la descomposición de la razón. Perder la razón: perder la sintaxis, volver al tumulto de voces, indiferenciadas, desubjetivadas, montón de ruido irracional sin ser.

Sí, Rulfo es un patético de la modernidad. Como otro patético moderno, Nietzsche, el jalisciense adhiere a la noción de Eterno retorno: “Hubo un tiempo que así fue. Y ahora parecía volver”, nos dice en el cuento “El llano en llamas”; “Y cuando al fin volvieron las tropas, se soltaron matándonos otra vez como antes”; “Volví a sentir el agua fría de la tormenta que estaba cayendo sobre Telcampana, esa noche que entramos allí y arrasamos el pueblo”, (las cursivas son mías). Un volver a lo mismo. Un siempre volver a lo mismo. Ni esperanza de libertad, ni la atenuante antesala del humor ante esa nada tan temida.

Rulfo es implacable con la condición –y con el condicionamiento– humano. Y no, no habla (solamente) de las vicisitudes históricas propias del pueblo mexicano como, de manera reduccionista, se puede entender. Sí es, sin embargo, hijo y consecuencia de una revolución, pero, ¿cuántas revoluciones lo precedieron?, ¿cuántos llanos ardieron en nombre de Revolución?, ¿cuántos semejantes ciclos surcaron sus retornos? ¿Cómo vio –en la des-ilusión del siempre lúcido– el sinsentido del horror, el sentir del absurdo, el tan posmoderno desvanecimiento de todo lo sólido?

Muchos no lo vimos, Rulfo sí lo vio.

Lo vio desde el antiguo-trágico que fue, pero también lo vio desde una condición pos-trágica (no desde una posmoderna que no conoció ya que jamás fue un posmoderno avant-la-lettre como tal vez lo fue, involuntariamente, Borges), porque tampoco nunca se reconoció en una condición moderna. Y sin embargo lo fue. Es propio de los modernos reconstruir ruinas del pasado, apropiarse de lejanos vestigios olvidados y re-presentar trazos, gestos, voces, recuperados de las periferias culturales. Rulfo es moderno en la forma. Como Picasso toma la síntesis formal de la escultura africana para fundar el cubismo, Rulfo toma el habla rural y popular de cierta región de México, para fundar una escritura inconfundible: para fundar Rulfo. Por eso no estamos ante una literatura costumbrista, o regionalista, o… Estamos ante una forma y ante una noción de mundo. Síntesis, elipsis, símiles, derrapes metonímicos, para ofrecer deslumbrantes chispazos de un mundo desencantado, desertizado, desalmado y –nos falta lo peor– circular.

Rulfo fue la noción de círculo (eterno retorno) inserto en plena flecha moderna (la lineal progresión de la historia), e hizo lo que hizo enfundado en un habla, trasvasado en un decir que lo rebasaba como autor, disolviéndose en esa fabla neblinosa y exacta que fabula un desastre.

“Con los ojos aturdidos de sueño y con la idea ida”; un habla en llamas. Rulfo nos concede un sueño atroz, un interminable impasse de lo terrible que es metonímica circularidad de la existencia. Una lúcida y aturdida “idea ida” que, como un fantasma, sigue –eco– en nuestros oídos resonando.

CDMX, 20 de junio 2016


Víctor Sosa es profesor de Skribalia e imparte el Taller de Escritura Emocional Expresiva (EEE) que inicia el próximo 3 de abril.

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