Cuentos de Florentino Solano

Lechuzas

Terminó de enviar por correo el último archivo contable y apagó la computadora. Miró por encima de los cubículos a sus compañeros que ya tomaban sus chaquetas y loncheras para abandonar la oficina. Tomó sus cosas y se enfiló en el pasillo de salida. La rutina siempre le resultaba extenuante y por eso esperaba ansioso los fines de semana para irse a Tijuana de fiesta con sus amigos. San Quintín no ofrecía demasiado en cuanto a diversión, así que cuando no viajaba al puerto, invitaba a sus compañeros carne asada y cervezas en su casa. Los compromisos y la familia para él debían tener lugar después de los treinta y cinco.

Mientras cruzaban el parqueadero de la empresa, distinguió sobre el muro jardinero una lechuza. Se detuvo para verla mejor. Un compañero que iba junto a él se percató de ello y le susurró sin detenerse:

—Cuando una lechuza canta, el indio que muere.
—Entonces cuídate, cabrón. Igual y no amaneces mañana.

Su compañero ya no alcanzó a escucharle porque había entrado ya en el carro. Él volvió la mirada hacia la lechuza y ésta giró la cabeza por completo para mirarlo. Sonrío. Encendió la camioneta, puso música y aceleró hacia Lázaro Cárdenas. La tarde caía desesperada sobre el valle, como cuando alguien cubre algo que desea ocultar. Se sintió nostálgico. Extrañaba a sus compañeros de la universidad, se reprochó haber venido a San Quintín a buscar su primer empleo. Pensó que de no haberse desesperado, estuviera en Tijuana con sus compas.

Se bajó al primer Oxxo para comprar café y cigarros. De regreso a su automóvil distinguió sobre la banqueta del negocio dos lechuzas pequeñas, abrió la puerta y tiró la bolsa sobre el asiento de copiloto. Volvió para asegurarse de no sufrir alucinación. Las avecillas de rapiña giraron la cabeza a trescientos sesenta grados sin quitarle la mirada encima. Se estremeció, pero como no se consideraba supersticioso regresó a la camioneta y se marchó.

Tras salir ileso de la torrente de autos que fluían sobre el asfalto transpeninsular, llegó a casa y estacionó el carro. Antes de entrar en la casa encendió un Marlboro rojo. Todavía no expulsaba el primer hilo de humo cuando un canto de lechuza le llegó de algún lado en la penumbra. Sus labios se abrieron dejando caer el cigarro sobre el patio empedrado. Hubo silencio. Extrajo otro tubo de nicotina, lo encendió y cuando lo depositaba entre los labios lo invadió nuevamente el odioso ulular de las aves. Dio una vuelta entera tratando de distinguir algo por encima de la casa y sobre la barda. No miró nada. Caminó hacia el frondoso fresno que extendía una tenebrosa sombra sobre el patio. Alzó la vista para escudriñar las ramas. Se apoyó con la lamparilla del celular. Entonces pudo distinguir, asombrado, tres lechuzas medianas que no le quitaban los ojos de encima. No, espera, en realidad eran cuatro, cinco, seis…

—¡No-puede-ser-verdad! —Alcanzó a pronunciar en voz baja.

No lo podía creer, contó fácilmente una docena de lechuzas en el árbol. Pero, ¿de dónde habían salido esas aves? ¿Qué querían? ¿Lo seguían solamente a él o estaban por todo el valle? ¿Los demás también los veían en sus respectivos sitios? ¿Todos iban a morir? Ninguna pregunta encontró respuesta en su mente. Avanzó lentamente hacia atrás enfocando con el celular hacia arriba, sintiendo por primera vez el miedo recorrerle el cuerpo y poniéndole los pelos de punta. La luz parecía multiplicarse en los ojos de las aves.

Sin quitar la vista de la copa del fresno llegó a la puerta. Abrió sigilosamente y entró cerrando de golpe, como perseguido por fantasmas. Después de verificar que todas las ventanas estuvieran bien cerradas, se sentó en la cocina tratando de ordenar las preguntas en su cabeza. Esa noche no pudo dormir, sobre todo por el canto de las lechuzas. En cuanto al día siguiente ya todos saben lo que sucedió.


Desierto

Van dos noches con ésta. Los hombres avanzan apresurados. De vez en cuando se limpian el sudor de la frente con las mangas. No hablan. Piensan. Avanzan. El coyote va al frente, escudriña el horizonte con la mirada en la oscuridad. Hace un julio infierno.

El coyote hace una seña con el brazo para que todos se detengan, aprendieron rápido las señales porque son hombres inteligentes. A los doce años ya rajaban troncos de árboles con hachas, dirigían el arado, amarraban vacas y caballos, cruzaban la creciente del río y tenían esposas. “Qué tan difícil puede ser cruzar el desierto”, dijo uno de ellos en tono de burla cuando hablaron por primera vez del viaje. Ellos, hombres forjados a la antigua en la olvidada montaña de Guerrero, no se asustaban de nada.

En Sonoyta un hombre local, con acento norteño, les advirtió sobre víboras de cascabel, espinas de choyas que duelen más cuando te las quitas que cuando te entran, la sed insaciable y el nudo en la garganta por los recuerdos de lo que se abandona para ir hacia el norte. Ellos lo miraron indiferentes porque en el pueblo se sorteaban más peligros que eso, allá sí se libraba todos los días una batalla por sobrevivir. Mientras terminaban de comer el hombre les contó otras charras sobre suegras y pepito. No les agradó. Allá en el pueblo a las suegras se les respetaba.

Beben pequeños sorbos de los galones. Escuchan atentos las instrucciones: caminar rápido y en silencio, al cruzar las brechas de la migra pisar sobre las huellas del que iba enfrente y el último debía borrarlas con una rama, y que llegando a Phoenix deberán pagar antes de ser repartidos a sus respectivos destinos. A todo asienten. Lo único que quieren es avanzar, no quieren perder tiempo, si es posible caminar de día y de noche para llegar lo antes posible. Les urge encontrar un trabajo y regresar para la cosecha.

Cerca de las cuatro de la madrugada desbordan el último cerro para tomar un descanso bajo unos arbustos casi sin vida en la plenitud de un pequeño valle. Desde algún lado del crepúsculo y de los costados se eleva un helicóptero alumbrando con una lámpara gigantesca desde arriba. Corren, tratan de perderse entre los órganos, únicas plantas verdes de alrededor. Los agentes bajan con cuerdas, los persiguen, en grupos de dos o tres se lanzan a correr como gacelas, unos son alcanzados esposados, golpeados, gritan de coraje, de desesperación. Se oyen disparos, unos hombres caen, pero dos que tomaron el lado noroeste no voltean, corren, no hacen caso a las espinas que atraviesan las suelas, corren, nadie los alcanzará. Logran llegar a un arroyo seco, se esconden, guardan silencio, se limpian el sudor. Beben agua en pequeños sorbos y se retiran las espinas enterradas en los pies. Pasa un largo rato para que el ruido de las hélices desaparezca, sienten que ya es tiempo de hablar. Se preguntan qué hacer. Discuten, escupen groserías y maldicen a los de la migra. Poco a poco razonan, uno escucha al otro, hacen conjeturas y finalmente establecen un plan: continuar.

Esperan a que caiga el sol. Toman un rumbo que debería conducirlos hacia el norte, saben que posiblemente no lleguen a Phoenix sino a otro pueblo, pero mientras sea un pueblo americano es aceptable. No hablan. Uno al frente y el otro lo sigue, cuando el guía siente perder el rumbo intercambian puestos, tratan de guiarse por las estrellas pero las figuras que ven en el cielo de aquí no son las mismas que veían allá en el sur. El arado no está en su lugar, el huarache no está ni esa estrella brillante que marca el amanecer. Carajo. Avanzan.

Antes de amanecer, se detienen entre unos arbustos, ahí pasan el caluroso día. Sudan. Hablan del futuro, especulan sobre los otros. Tratan de descansar y el sol no lo permite. Sudan. Finalmente cae la oscuridad y emprenden la cuarta noche, sólo queda un galón de agua para cada uno. Tratan de beber la menor cantidad posible, de todos modos está caliente. “No le sirve al cuerpo”, dicen. Avanzan las horas. A su paso oyen cascabeles, no les preocupa, allá en el pueblo no se les teme a las víboras, se las mata y algunas veces terminan en las brasas para la cena. Tratan de guiarse con el horizonte, pero éste cambia constantemente, todo en el desierto cambia, muta y transgrede hasta el pensamiento. Antes del amanecer se detienen, buscan refugio ante la inminente salida de un sol ardiente. Revisan el galón y ya no les queda salvo para el día. Escarban, entierran los galones, se sientan y el sol sale.

Pasa lento el día. Intercambian algunas palabras. Algunas veces balbucean, no se esfuerzan. Se oye en el desierto ruidos de motores, no hay nada cerca, debe ser demasiado lejos, donde no alcanza la vista. Uno de ellos quiere ceder. El otro lo anima hablando del futuro, de los hijos, de sus mujeres y de la cosecha. Los dos se reconfortan. Sacan sus galones de aguas que habían escondido para mantener el agua fresca. Por fin comienza el anochecer. Beben un pequeño sorbo. Saben que el agua no alcanzará para toda la noche. Nadie dice nada. Uno adelante y el otro lo sigue. La quinta noche es pesada, el estómago reclama comida, la garganta pide agua y el cuerpo, descanso. Avanzan unas horas, ya no queda el agua en los galones. Se detienen, se miran, no hay necesidad de palabras para entenderse. Retoman el camino, ya no tan seguros.

Pasan unas horas más. Phoenix no aparece a la vista, ni cualquier otra ciudad gringa. Todo lo contrario, las ciudades parecen alejarse cada vez más y ocultarse detrás de las montañas que también se alejan. El coyote dijo que llegarían en cuatro noches pero ya van cinco. Tienen qué avanzar. Cuando sienten oprimido el pecho de cansancio y sed, se detienen, toman bocanadas de aire caliente, luego continúan. Uno de ellos comienza a perder fuerzas, el otro lo reanima a seguir. Pasan las horas y comienza a clarear. Saben que no deben detenerse, ya no les importa ser descubiertos por la migra. Sería bueno. ¿Dónde están? Malditos, que salgan. Que los esposen, que los lleven a la cárcel, pero que les den agua.

Los dos han perdido toda su fuerza, caminan lento, pausado, tienen el rostro pálido y seco. Ya no se miran, avanzan como muertos vivientes. Uno detrás del otro. Quieren dejarse caer pero saben que será peor, el cuerpo ya no querrá levantarse después. La ciudad no aparece por ningún lado. A la distancia notan compañía: unos coyotes entre grisáceos y amarillentos caminan paralelo a su avance. No aúllan, caminan sigilosos. Son parecidos a los zorros del pueblo. A los hombres no les importa, avanzan, cada vez más lento, cada vez menos. Por fin cae la tarde. Uno de ellos ha llegado a su límite. Se deja caer, el otro vuelve y lo trata de levantar. Los dos terminan en el suelo. Se tiran bocarriba, tratan de respirar y no pueden porque el vapor los sofoca. Cierran los ojos. El sueño los vence. La noche vuelve a cubrir la inmensidad del desierto.

Despiertan. No saben cuánto tiempo durmieron, tampoco les importa. Saben que tienen qué avanzar pero las piernas no responden, apenas pueden sostenerse. No llegarán muy lejos. Saben que esta noche no será fácil. Habrá qué luchar, no saben en qué forma pero lo harán. Uno de ellos le da una palmada en la espalda del otro. Se miran por última vez. Comienza la noche. A la distancia los coyotes pueblan el desierto de aullidos.


Florentino Solano (mixteco) nació el 31 de octubre de 1982 en Metlatónoc, Guerrero, en 1982. Ha publicado los libros Todos los sueños el sueño (Secretaría de la Juventud de Guerrero, 2003), el poemario en su lengua materna La Luz y otras noches (CDI, 2012) y Cerrarás los ojos para no ver (ICBC-CONACULTA, 2013). Actual becario de PECDA Baja California. En 2003 recibió el premio al mérito Civil Juvenil José Azueta del gobierno del estado de Guerrero. En 2009 recibió el Premio San Quintín Joven, en Baja California. Fue uno de los invitados al Encuentro de narradores “Cuento Comala”. Actualmente vive en San Quintín, Baja California, donde combina el gusto por la literatura con la música, la jornada agrícola y la familia.

Florentino Solano fue uno de los participantes del Encuentro de Escritores Cuento en Comala 2016.

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